«No te volveré a fallar, te lo juro».

Empiezo como terminé mi carta anterior, donde te pedía perdón por los hechos de aquella noche de verbena. Tu escueta respuesta me dijo que no será fácil alcanzar tu clemencia, pero quiero lograrlo. Sé que podemos avanzar en nuestra relación, quiero ser parte de tu vida. Quiero ser tu hombro, cuando busques apoyo, o cuando quieras sofocar tus risas. Lo hablamos aquella tarde, ni que fuera medio en broma, tomando unas cervezas en el bar de la peña. Fue antes del baile. ¿Lo recuerdas? En ese momento entendí que algo muy fuerte nos unía, lo leí en tus ojos antes de ese fin de fiesta aciago.

Sé que estábamos a un paso de consolidar nuestra relación. Yo, en particular, a un paso del cielo por primera vez en mi vida. Nos faltó sellarlo con un beso que ya crecía en nuestros deseos. Aquello no era un juego, como creían algunas de nuestras amistades de la peña. Odiaría escribir esta nueva carta apresurada y de letra irregular, si creyera que tu corazón no late como el mío, al mismo son.

Si no se nos hubiera cruzado tu prima Cris en ese último baile, para mandarnos al infierno, ahora todo sería distinto. Nos separó con palabras obscenas y fuera de lugar. Pura envidia de nuestra felicidad, tan evidente. Un posible futuro en común no puede desperdiciarse por una actitud inesperada en la que no sabes reaccionar. Solo más tarde fui consciente, que mi azoramiento fue imperdonable. Sentí vergüenza, por no haber luchado nuestra incipiente relación, mientras veía que te apartaban de mí. Perdiéndote de vista capté tu desasosiego en esos mismos ojos que poco antes me pedían una intimidad mayor, no solo bailar, con nuestros cuerpos pegados y sudorosos, con poca luz y lentamente. Justo cuando te decía que tú tenías la última palabra, que mi corazón te pertenecía, solo faltaba que dejaras abrirse el tuyo. Siento que conozco la respuesta, pero no la pude oír, no de tu boca, de tus labios que deseo como agua que anhela un sediento.

Debemos quemar ese recuerdo, y nada mejor para conseguirlo que retomar la conversación donde nos hicieron dejarla los puñeteros puretas del tres al cuatro. Ignoraremos esas absurdas convenciones sociales que defiende quien nos separó, y nos reiremos de las miradas que no merecen nuestra consideración. Puedo entender que tengas miedo ¡todo da tanto miedo ahora! Y que no sepas si confiar en mí, tal vez me lo gané.

Por eso te pido una nueva oportunidad. El próximo domingo, al mediodía, estaré en ese bar de la plaza donde me dijiste que solías ir. Te esperaré con una cerveza bien fría para ti. Soy todo tuyo, no tardes, Gabriel, mi ángel, mi amor.

Te quiere tu pequeño diablo, Damián.

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