No te volveré a fallar, te lo juro.

Quizás, si Dios es misericordioso, esta carta te llegue de alguna manera y cumpla su cometido de redención.

Me niego a creer que esa esencia malvada de la que hablas en tus misivas habite dentro de ti. Jamás fuiste un hombre perverso, tan solo trataste de sobrevivir a tanta tragedia.

La casona fue construida con cimientos de desdicha, con la caída de la escalera del sótano y la muerte de la pequeña niña. Después vinieron los remordimientos y el suicidio de su enloquecida madre. Entonces comenzaron las desapariciones y se forjó la leyenda de la familia sombría. El mal engendra mal, todavía sigue en esta colina, lo percibo.

Fue extraño entrar en el frío vestíbulo de los Amézaga sabiéndome uno de ellos. Ver en la mesita del recibidor una carta en la que aparecían escritas mis señas fue un presagio. Apenas conseguí descifrarla, no tuve voluntad de creer lo que contabas.

Sí, es un edificio bonito, como me dijo el albacea, aunque bastante más siniestro. La maleza lo ha rodeado con increíble ferocidad y la hace más oscuro y tenebroso.

«He vivido aquí mucho tiempo y no soy ciego ni sordo. He escuchado los espantosos ruidos de las paredes, los golpes y los crujidos y una noche un aterrador grito mitad risa, mitad aullido», decías en tu última carta. Pensé que te habrías contaminado de las habladurías de los aldeanos.

Extrañas gentes las de esta comarca. Me han llegado a decir que en la mansión Amézaga solo puede vivir un lunático, alguien que se arriesga a enloquecer o que desea morir. Me advirtieron de niños que desaparecían a lo largo de los años y de un grupo de cuatro jovencitas que llegó para limpiar cada habitación a conciencia y de las que nunca más se volvió a saber.

Me previniste contra ti. Pero siempre pensé que el culpable era este inicuo caserón. Y, al final, envenenado por tus cartas y por tus amenazas de seguir sacrificando inocentes, decidí creerte, venir y acabar contigo, como me pedías.

A veces pienso que si vamos a morir mejor hacerlo cuanto antes. Lo siento tremendamente.

Me he convertido en el instrumento de un drama más oscuro, más trágico y lúgubre del que hubiera querido. Soy el guardián que deseabas. Y no me atrevo a mantener en esta pérfida estancia un día más mi alma corrupta, ni tampoco reúno el valor suficiente como para alejarme demasiado. Por eso he decidido instalarme en la cabaña de los cazadores bajo la colina.

Creí conocer cada rincón de este edificio. Y solo cuando me esforcé en esconder tu cadáver di con el acceso oculto al sótano. Entonces, ¡oh, Dios mío!, encontré los restos de los niños y de las muchachas desaparecidas, también otros cuerpos humanos. No pudiste cometer semejantes atrocidades.

No volveré a fallarte, padre, te lo juro. Trataré de frenar esta crueldad y de que ninguna persona vuelva a habitar la lóbrega morada.

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