No te volveré a fallar, te lo juro.

Esa promesa, tan falsa como tu amor, que jamás tuviste intención de cumplir. La recuerdas, ¿verdad? Y de mí, ¿te acuerdas? ¿Sorprendido? Me creías muerta. Pero ya ves que no. Parece que soy más dura de lo que aparento. Tuve un gran maestro que me enseñó a soportar cosas inimaginables. Y aprendí bien.

Seguramente, ahora te habrá invadido una ligera sensación de vértigo. Tranquilo, es normal.

No te volveré a fallar, te lo juro. Aún recuerdo la primera vez que me lo prometiste. Paseábamos por el centro, me paré a hablar con un amigo y una bomba de celos estalló dentro de ti. La onda expansiva se proyectó a lo largo de la avenida y todos pudieron escuchar tus gritos, tus insultos, tus desprecios. Luego, de vuelta en casa, gimoteaste y te arrepentiste como un niño travieso. Pero la semilla estaba ya plantada.

Tal vez se te esté levantando dolor de cabeza. Es comprensible.

No te volveré a fallar, te lo juro. Ese mantra que repetías cada vez que la cagabas para acallar las voces de tu conciencia. Esas mismas voces que espero no te hayan dejado dormir todos estos meses. Como yo no pude dormir durante todo el tiempo que estuve a tu lado. Por miedo. No, por pánico. Un terror que empezó a fraguarse el primer día que me pegaste. Que supe que eras capaz de hacerme daño. Ese maldito día en que me faltó el coraje para salir corriendo, para alejarme de tu lado, para plantarme y decir hasta aquí. En vez de eso, me acurruqué en una esquina, me tragué la impotencia y rompí a llorar intentando averiguar qué había hecho mal.

Te deberían estar entrando náuseas. Sería lo lógico.

No te volveré a fallar, te lo juro. Balbuceabas mientras me sujetabas la cara con las manos manchadas de sangre. Mi sangre. Mientras me metías a escondidas en el coche. Mientras salías de la ciudad. Mientras me abandonabas en aquel descampado. Alejándome del mundo. Alejándome de cualquier esperanza. Pero me aferré a la vida. Y no. No te denuncié.

Es posible que ahora sientas un gran malestar. No se podría esperar otra cosa.

Cuando llegues a este punto, si te quedan fuerzas, podrás asomarte a la ventana, mirar hacia el parque y buscarme en el banco que está junto a los columpios. Ese en el que tantas tardes pasamos imaginando que eran nuestros hijos los que se balanceaban. Allí estaré, esperando para despedirme.

Deberías estar a punto de perder la consciencia. Aguanta un poco más.

Habrás notado el dulce aroma con el que he perfumado esta carta. Tal vez te hayas dado cuenta de que no es el mío. Este es nuevo. Esencia de ricina. Un potente veneno que llevas inhalando desde que abriste el sobre. Primero produce mareos que se acompañan de cefaleas. Luego náuseas, quizá vómitos. Y para acabar, hemorragias internas y después… espérame en el infierno, hijo de puta.

Raquel


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