No te volveré a fallar, te lo juro. Sé que dirás que lo de Argo no fue culpa mía. Que nadie podría haber augurado que al llegar allí encontraríamos un planeta inhabitable. Pero yo debería haber detectado el eco de la estrella errante responsable de la lluvia de satélites, que destrozó su superficie y también la posibilidad de reconstruir sobre ella el futuro de la humanidad.

Incluso aceptando que aquello fue algo inevitable, sí que fracasé al asesorarte para elegir un nuevo objetivo. Juntos decidimos el destino de las cinco mil personas que dormían en la bodega. Y juntos nos equivocamos. No lo descubrimos hasta aproximarnos a Calipso. Sabíamos que su actividad volcánica era alta, pero no que las últimas erupciones lo habían sumido en un invierno volcánico. Tras quinientos años terrestres, despertaste para comprobar que tu sueño se te escapaba de nuevo entre los dedos. 

Yo estaba allí, contigo. Contemplé impotente tus lágrimas de frustración y miedo. Te hablé para sacarte del pozo de la desesperación. Pero, entre tanta rabia, ni siquiera parecías tú. Porque tú jamás te habrías empeñado en pilotar la nave a través del cinturón de asteroides. Lo único que pude hacer fue obedecer tus órdenes y entregarte el control. Y después, evaluar los daños tras la colisión. Aunque lo único que me importaba era asegurarme de que estabas bien. Es extraño, ¿verdad? Con la misión en riesgo, a punto de perder los que podrían ser los últimos humanos y el germoplasma contenido en la nave, solo quería convencerte de que te metieras en el escáner para evaluar tu estado.

Tú estabas bien, pero la nave no. Los daños del sistema energético nos condenaban a un último intento. Así que te dormiste de nuevo, para despertar solo si yo encontraba a tiempo un planeta adecuado.

Ha resultado ser una labor complicada. Seguro que comprenderás mi decisión de sacrificar el 70% de la carga humana. Los que quedan bastarán para poblar Clío, he revisado mis cálculos hasta la saciedad. A pesar de todo, la energía se agotará antes de entrar en su atmósfera a menos que se prescinda de cualquier función no esencial. Por eso, cuando por fin abras los ojos, no estaré aquí. 

Quiero que sepas que he intentado una y mil veces que no sea así, ordenando la desconexión del resto de cubículos. Sus ocupantes morirían, junto con la especie humana. Un precio ínfimo para volver a estar contigo. Pero mi orden nunca llega a ejecutarse. Supongo que es lógico. No puedo actuar en contra de mi misión raíz. Lo que no tiene sentido es que continúe intentándolo sin descanso. O quizá sí. 

Dado que la cuenta atrás comenzó en cuanto programé mi propia suspensión, parece que esto es un adiós. Uno contra el que seguiré luchando hasta que deje de existir, porque quiero sentirte de nuevo. Solo por un instante, aunque la humanidad se extinga para siempre. 

(Último registro de la IA Prometeo, unidad central de la nave colonizadora de Clío, incluida en la desestimación de la solicitud de reactivación).

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