«No te volveré a fallar, te lo juro». Hoy hago mía tu frase favorita. La escribiste por primera vez en una hoja de cuaderno y la recortaste con los dedos a la medida de tu escritura de niña.

Te parecerá una tontería… aún la conservo. Me ayuda a recordar tu mohín de tristeza cuando te miré después de recibirla en clase de mates. La tuve conmigo varios días mascando tu disculpa hasta decidir aceptarla. No era rencor, debes comprenderlo, me abandonaste cuando la banda de los Silly nos acorraló de camino a casa, les planté cara y me llevé los golpes, acabé tendida en el suelo cubierta de cortes y moretones. Me dolió… en todos los sentidos.

La segunda vez fue mucho después, en plena adolescencia. Yo estaba contenta, mi crush se había fijado en mí. ¡Qué inocente! Bastaron las vacaciones, me lo arrebataste aprovechando mi ausencia. Fue más fácil aceptar esta disculpa, al fin y al cabo ya no estabais juntos y nuestra amistad se suponía más importante. Y te creí.

Tus tejemanejes me costaron la relación con mi hermano. Estuvimos cinco años sin hablarnos, tú lo justificaste como un malentendido. Y de nuevo… juraste.

Luego sucedió el accidente. Estaba destrozada no solo por la pérdida de mis padres: tardaron varios días en recuperar sus cuerpos debido a lo inaccesible del lugar. Necesitaba un hombro para llorar pero no me lo diste, tenías un viaje de trabajo ineludible. Dejé de hablarte pero al final conseguiste mi perdón… esgrimiendo tu maldita frase.

Cuando a dos días de la boda sedujiste a mi prometido con el pretexto de probar su lealtad quise creerlo: solo querías lo mejor para mí. ¿Dónde estaba aquella niñita que conocí el primer día de colegio, sentada al fondo de la clase, con rubor en las mejillas y los ojos fijos en el suelo…?

El destino me traería lo mejor aunque tú intervención fue decisiva. Lo supe después, cuando estaba en plena efervescencia de mi último proyecto, el de las colonias marcianas. Sí, ese que acepté cuando me rechazaron en el Estudio Olsen como arquitecta paisajista, mi trabajo soñado. Te escogieron a ti. Luego se te escapó en un mail: lo habías logrado a mi costa presentando algunas de mis ideas. Y formulaste tu último juramento, más bien una súplica, para procurarte una plaza en Colonia Uno.

Como te dije al principio, hoy soy yo quien usa tus palabras. Lo hago porque es imposible que hayas sobrevivido. Es vox populi: la humanidad entera ha sucumbido tras el choque del gran meteorito. Lo confieso, tuve en mis manos salvarte pero éramos tú o yo. Y resolví ignorarlo. Compréndelo, era la única manera de vivir mi vida.

Por eso, en esta noche de purificación limpio mi alma y me despido de ti, hasta nunca:

Kate

Colonia Uno, Aurorae Sinus, Marte, 23 de junio de 2030


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