No te volveré a fallar, te lo juro. La luna estará llena en dos días, y podremos vencer a las implacables arboledas del sendero que se empeñan en ahogarnos entre tinieblas. Nuestros pasos serán rítmicos, pausados, levantarán polvo en el sendero mientras nos acercamos al lago. ¿Qué nos dirán sus aguas cristalinas? ¿Nos recibirán entre suaves susurros nocturnos, como cuando nos entregábamos al amor en su orilla? Quizá, inspirados por el influjo de Selene, se tornen crueles y entonen canciones sobre nuestro oscuro pecado.

Pero no flaquearemos, no. Porque esa noche, cuando las estrellas se sientan celosas de la emperatriz de plata, tendré valor. Puede que no me creas, ¿por qué deberías hacerlo? Seguramente recuerdes aquella noche en la que me enamoré tres veces: de la mirada de aquel gato negro como una Parca, del ulular del viento que me acariciaba el cabello como un amante apasionado y de la luz de los relámpagos al iluminar las altas rejas del camposanto. Por eso sabes que soy volátil. Y lo que es peor, que he sido condenado con un alma de poeta.

A pesar de todo, quiero pedirte que seas tan ingenuo como para volver a creer en mí. Que te dejes vendar los ojos una vez más con mi paño de banalidades y de suspiros rotos y camines junto a mí por aquel cementerio de sueños en busca de nubes que cazar. Y sabes, en el fondo de tu ser, en el rincón más oscuro en el que fuiste capaz de enterrar nuestra verdad, que tú también quieres confiar en mí. Porque no podrías olvidarme aunque quisieras, ni dejarme atrás.

¿Cómo ibas a renegar de aquel que te presentó a Bécquer, quien te hizo comprender que el amor no es más que un rayo de luna? Fuimos juntos a la calle Decadencia, nos guarecimos en un portal oscuro y nos chutamos poesía en vena compartiendo jeringuilla. Lo siento, mi ángel de tinieblas. Aunque en algún momento te prometí que montaríamos unicornios, lo único que me queda para ofrecerte es una espiral al frenesí más oscuro, a un final apoteósico acompañado de un arpegio discordante y ensordecedor. Pero sé que eso es lo que tu alma, tan retorcida y espinada como la mía, ansía.

Por eso caminaremos por aquel sendero nocturno. No, bailaremos al son de la sinfonía imperial que compondrán para nosotros las cigarras. Porque seremos tan imbéciles para creer que estaremos a punto de hallar aquello que siempre hemos anhelado: unas migajas de felicidad. Pero al final del camino, como siempre ocurrió y siempre ocurrirá, no habrá nada para nosotros, solamente unas aguas oscuras y lascivas deseosas de recorrer cada poro de nuestra piel.

¿Cómo mantenerse vestido ante tal insinuación? No nos desnudaremos, sino que nos arrancaremos el alma, los miedos y la rabia. Y así, convertidos en lo que siempre hemos necesitado ser, un jirón de poesía en estado puro, nos zambulliremos. Abrazados, dejaremos que las aguas nos engullan para ser algo más: una promesa eterna, una leyenda.

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