«No te volveré a fallar, te lo juro» dijiste colgando el teléfono. Levantaste las manos. Sabías que te había escuchado susurrarle palabras de amor. Volverías a hacerlo, ambos lo sabíamos.

¿Recuerdas el Yule en que todo comenzó? En mi estado no sé si mis memorias son precisas o forman parte de un sueño elaborado al que quisiera volver. Nos recuerdo como dos extraterrestres, como se suele decir, tú de Marte y yo de Venus. No importaba que habláramos lenguajes distintos, las risas y nuestros cuerpos encontraron la forma de entenderse animados por el alcohol, el humo de aquel tronco que ardía y el deseo que nos embriagaba.

Duró poco. El amor a primera vista y las medias naranjas no son más que tópicos absurdos e inalcanzables. Los cuentos de hadas nunca acaban bien y el nuestro se rompió días después con la primera llamada. Ni tú eras un rey magnánimo ni yo una princesa que buscara ser rescatada. Peleamos como antiguos amantes cuando en realidad ninguna promesa se había intercambiado entre nosotros. Dragón contra valquiria ardió el mundo a nuestro alrededor.

Cuando todo acabó te fuiste de mi habitación con un portazo para regresar eternas horas después con una rosa y un perdón. Google me tradujo las promesas de un futuro verde y utópico juntos. «No es cosa de una noche», juraste. «No morirá en la distancia», confirmé mientras cancelaba el avión que me habría devuelto a una vida que ya no deseaba. La esperanza afloró en nuestros corazones y sellamos una vez más el pacto en el futón del paraíso privado de aquel hotel japonés.

Creamos una casa, construimos un hogar y la vida empezó a crecer en mí.

Hasta que llegó la niebla y desapareciste. Me desperté y no estabas. Corrí al pueblo buscándote, pero nadie me contestaba, me había convertido en una maldita. Los lugareños lanzaban talismanes a mis pies y corrían. Negaban o fingían que no me veían. Quise volver a nuestra cabaña y no pude, la bruma se llevó todo y en un parpadeo ya no quedaba nadie, la isla otrora llena de vida se volvió espejo de un futuro distópico y vacío. Estaba sola, aterrada. ¿Cómo había sucedido aquello?


Entonces recordé.

«No te volveré a fallar, te lo juro». Me dijiste, colgando el teléfono. Grité, te amenacé y corrí para golpearte, quería hacerte daño, pero tu me esquivaste y ya no pude frenar. Fui ángel y volé.

Caí en la arena, en el fondo rocoso del océano que tantas veces nos vio amanecer. Descubrí, en la muerte, la ciudad submarina donde habría de yacer por toda la eternidad. Entre los restos de un pueblo sumergido quedó mi cuerpo atrapado, mi alma anclada a la leyenda de la mujer de los acantilados, mi lloro a las pesadillas de los pueblerinos y mi carta transmitida por los labios de la vidente a la que estás preguntando por mí.

Nunca volverás a estar solo. Aunque no puedas oírme, me sentirás, para siempre, para que nunca me vuelvas a fallar.

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