Querida Estíbaliz,

No te volveré a fallar, te lo juro. Al menos, no de esta manera. Solo espero que cuando leas esto me hayas perdonado, si es que alguna vez estuviste enfadada conmigo.

Quiero plasmar en esta carta todo lo ocurrido para que el paso del tiempo no interfiera en los recuerdos y los deforme haciéndolo parecer más benigno, menos traumático.

He matado a Borja. He matado al puto Borja. Te juro por Dios que se me caen las lágrimas al escribirlo. Es una delicia, una alegría tan inmensa que el mero recuerdo provoca que sonría. El tranquilizante que me he tomado antes de llamar a la policía para confesarlo también ayuda, pero yo sé que, drogas aparte, he hecho lo que tenía que hacer. Por eso quiero dejarlo escrito, por si dudas de mi palabra.

Sabes de sobra lo que ese animal era capaz de hacer: insultos, humillaciones en público, escenitas de celos… ¿Recuerdas como le jodía que hablase de mi máster? Y todo por su maldito orgullo herido, esa masculinidad frágil como el papel mojado que se deshacía por sentirse inferior al no haber terminado sus estudios. Sin embargo, lo mejor lo dejaba para los grandes días de fiesta, o al menos lo que él consideraba una fiesta, que básicamente consistía en emborracharse hasta que fuese incapaz de hablar. Eso sí, aunque no pudiese hilar más de dos palabras seguidas, nunca erraba en los golpes. Tenía un instinto natural para acertar justo en los lugares dónde sabía que no se verían los moratones.

Cada día era peor que el anterior en una espiral que sólo podía acabar con uno de los dos muerto. Y yo quiero vivir. Joder que si quiero vivir, y si el precio es pasar quince años encarcelada por el crimen, que así sea. Ya me había quedado claro que no iba a recibir ayuda de nadie. Todas las veces que había insinuado el tema a familiares, amigos, compañeros de trabajo e incluso a las asistentas, en todas ellas, sin excepción, la respuesta seguía la misma línea: «¡Qué exagerada eres!» «¡Habrá sido algo puntual!» «¡Con lo que él te quiere!». Porque claro, como iba a ser un puto maltratador si era “una persona normal que iba a misa cada domingo”, “un hombre de negocios de éxito”. Ni siquiera tú llegaste a creerlo durante mucho tiempo.

Estoy segura de que después de esto, muchas personas seguirán poniéndose de su parte. Solo espero que cuando tú leas estas líneas no seas una de ellas. Por eso te escribo a ti y solo a ti, para que tengas presente todo lo que sentía en el momento de hacerlo y, así, cuando dentro de quince años recuperes tus pertenencias junto a esta nota al salir de la cárcel, puedas leerla y decidir si ha merecido la pena.

¡Vive lo que yo no he podido vivir!

Firmado:

Tu yo del pasado.


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