Los treinta y tres comensales se disponían a cenar después de haber danzado incansablemente en el salón central, adornado éste con lámparas de cristal que denotaban la opulencia y posicionamiento social del anfitrión. El conde celebraba su sexagésimo aniversario y de una forma u otra quería agradecer y premiar la simpatía y tan larga amistad de los concurrentes.

Todos, elegantemente sentados, con servilletas blancas en sus regazos, entretenían las copas de vino y agua esperando ser atendidos por un desfile de sirvientes, rápidos y erguidos, como si les pagaran por plato servido.

En la cocina, el ajetreo en los fogones no daba tregua a tan tremenda vorágine de bocas famélicas que devoraban sin remilgos cualquier plato que se les ponía por delante. Entre risas y conversaciones banales, los invitados parecían disfrutar cada vez más de un ambiente distendido y ameno, desposeyéndose con premura de esos rígidos ademanes que la ocasión parecía requerir. Las copas de champagne ayudaban en gran medida a esa distensión contagiosa casi por momentos. Sólo el grito inarticulado de una de las jóvenes invitadas acalló al resto de los presentes de forma súbita. Todas las miradas se dirigieron hacia ella. En su cucharilla de postre una pieza dental blanca se confundía con los restos del helado de chocolate recientemente servido. ¿Cómo era posible que tan tremenda contrariedad hubiera llegado a su plato? Su primer gesto facial, admirado por todos, el intento de reseguir con la lengua su propia boca, descartando que se tratara de una caída fortuita de una pequeña parte de su propia dentadura. Cualquiera de las dos alternativas parecería horrenda, pues cómo podría despojarse de la idea que había relamido un molar ajeno, aunque fuera con sabor a chocolate. ¿Cómo iban a mirarla a partir de ese momento sus amistades? ¿Y las amistades de sus amistades, que divulgarían de forma rápida y malintencionada tan desafortunada anécdota?

El conde hizo retirar de improviso el resto de los cubiertos y apremió a sus invitados a que pasaran al salón, con la intención de apaciguar tan devastador evento. Sin mostrar oposición y apenas sin finalizar los postres, se dirigieron, entre cuchicheos y risillas, a tomar el café y la copa, en un espacio más distendido.

La furia del anfitrión se hizo presente en la cocina, exigiendo explicaciones de lo acontecido. Alguien tenía que pagar por ello y no pararía hasta averiguarlo.

El cocinero jefe pasó la responsabilidad a la persona encargada de la elaboración de los postres, quien negó rotundamente su autoría. Los helados no eran de elaboración propia, lo que planteaba la posibilidad que tal sabotaje viniera del exterior. ¿Pero quién le querría tanto mal?

Mientras, en el salón, los intercambios argumentales se sucedían al respecto. La joven, aún ruborizada, entablaba conversación con quien había tenido al lado y no había dejado de mirarla en toda la noche, aunque ella en ningún momento le prestó atención. Al preguntarle, finalmente, por su profesión, respondió de forma contundente: soy dentista.








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