—¡Pide un deseo!

Sus voces animadas se mezclaban para felicitarme. Frente a mí, las bengalas sobre la tarta de glaseado azul chispeaban, sumándose al barullo que reinaba en la fiesta. Veinticinco. Como decía mi madre, solo se cumplían una vez.

Miré hacia el sillón en el que se solía sentar ella, vacío. No se llevaba bien con mis nuevos amigos.

—Sopla las velas —pidió Clau.

Ella siempre me sacaba de mis pensamientos cuando se ponían feos. Otros invitados corearon la sugerencia de Clau. Acabé sonriendo.

—¿Qué has pedido? —quiso saber mi mejor amiga.

—Si te lo digo —respondí—, no se cumplirá.

—¿Qué... qué has pedido? —repitió, entrecortando las palabras de forma antinatural.

Arrugué el entrecejo. No... no podía pasar tan pronto. El resto reía y charlaba entre sí, como estaba previsto. Todo parecía en orden. Clau sonreía de nuevo, como si nada.

—¿Está... Es... todo bien? —preguntó.

Me excusé con una sonrisa que desapareció cuando me encerré en el baño. No. ¿Dónde estaba la caja de repuesto? Segundo cajón... No.

Alguien llamó a la puerta.

—¿Ale? —era Clau—. Te están esperando.

No podía volver sin más. Lo más sensato era ir a por otra caja de lentillas, pero la voz de mi amiga tenía algo que siempre me calmaba. Además, sonaba normal otra vez y tenía tantas ganas de celebrar un cumpleaños perfecto...

—Voy.

De vuelta en el salón, ser el centro de atención me hacía sentirme como la protagonista de una película. Estaban todos: Hugo, Iván, Marina... Justo donde debían estar, haciendo lo que debían hacer. 

—Vamos a partir la tarta —propuso alguien.

Cuando me fijé mejor, comprobé con horror que el glaseado era de un gris apagado. Me llevé una mano bajo el ojo en un gesto inconsciente. Tal vez si salía en ese momento, podía conseguir lentillas antes de que la tienda cerrase.

—¿Quieres probar? —Clau extendía un pedazo hacia mí.

Los colores de su ropa también se habían vuelto más oscuros. Alargué el brazo para coger el plato y mis dedos agarraron aire, olvidando por un momento que yo no podía comer esa tarta. Ella no había variado su expresión, todavía con el pastel en alto.

Retrocedí, ausente. Todo estaba parpadeando. La tarta, los invitados, su sonrisa...

Low battery. Dijo la voz electrónica de mi cabeza.

Agarré las llaves y escapé del apartamento, lanzándome a las calles cegada por mi ansiedad. Hace poco que había sobrepasado la hora de cierre, pero tal vez lograse pillar al encargado mientras cerraba. Necesitaba lentillas nuevas.

Low battery. El último aviso.

—¡Cuidado! —gritó alguien cuando choqué con él.

Retrocedí, asustada. Su contacto físico era extraño. No era como con mis amigos.

—Clau... —la llamé.

Ella estaba ahí, lo sabía. Solo necesitaba las lentillas de grafeno para poder verla. Una nuevas.

No me detuve hasta darme de bruces con la tienda tecnológica cerrada. Golpeé la puerta con el puño, impotente. Más paseantes chocaban conmigo, absortos en la imagen de sus propias lentillas. Tocarles me asqueaba. No sonreían, no me miraban... No como mis amigos.

Agarré a una mujer del brazo.

—Felicítame —le pedí.

Ella se apartó, asustada. Paré a otro transeúnte.

—¡Hoy es mi cumpleaños!

No les importaba, no como a Clau.

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