Aquel lugar emanaba un aura extraña. No era por el sonido de la música tecno que el viento seco arrastraba, ni por las destellantes luces de neón violeta. Ni tan siquiera por la mezcolanza de olores a orín, sudor y tabaco. No. Era por el contraste con el frío desierto, con la oscuridad de una noche sin luna y el silencio de los cactus de yuca. Aquel era un lugar extraño y en una noche como aquella podía significar el paraíso o el infierno. El viajero, agotado por la aspereza de la carretera, pero intrigado a pesar de todo, decidió probar suerte.

Entró.

Casi al instante se vio seducido por aquellos ojos negros que le observaban sin perder detalle desde un oscuro rincón de la barra. Y aquella música. Despojado de su abrigo y del resto de equipaje, comenzó a contorsionarse al compás de aquel machacante ritmo eléctrico. Los cuerpos semidesnudos a su alrededor se le pegaban, como negándose a dejarle ir, agarrándose al último resquicio de carne fresca. Él avanzaba zigzagueante, abriéndose paso por donde los huecos quedaban libres, pero siempre atraído hacia el mismo punto.

— Tómate algo —le pidió ella—. Yo invito. —Él le susurró algo al oído que provocó una carcajada sorda. — Hace años que no tenemos nada así. Pero toma, bebe esto. Te hará sentir mejor. Estás en un lugar de descanso. Un oasis. Sólo bebe y disfruta.

Los espejos del techo reflejaban a la masa extasiada. Él en el centro, con una copa de champán rosado en la mano y los ojos desencajados. Ella a su lado, arremolinando a su alrededor todo un mar de sombras febriles.

Hubo un destello, un filo. Un grito. Y una avalancha de puñaladas anónimas. La música paró súbitamente y por un instante solo pudieron escucharse las innumerables hojas de metal hundiéndose en la carne blanquecina. Ella cayó, inerte. Él solo pudo mirar el cadáver, congelado por el horror.

Una mano le sujetó fuertemente la muñeca y le sacó del trance.

— ¡Huye! Todos somos prisioneros aquí, cada uno por un motivo. Pero quizá no sea demasiado tarde para ti. ¡Rápido!

Tardó en reaccionar, pero finalmente echó a correr. Atravesando a codazos toda aquella furibunda multitud, intentaba recordar por qué pasillo había entrado. Necesitaba localizar una salida. Y finalmente la encontró tras una puerta de hierro. Allí, en el vestíbulo, detrás de un mostrador de madera, estaba ella esperándole. Las heridas de su vientre habían desaparecido y su sonrisa mostraba unos dientes puntiagudos.

— Apuñaladme cuanto queráis que simplemente no podréis matarme. Porque no soy nada más que lo oscuro que hay en vosotros. Soy el producto de vuestros vicios, de vuestras fobias y envidias.

Señaló a la puerta de salida, aquella por la que horas antes el viajero había entrado.

— Relájate, esto no es una cárcel. Puedes salir siempre que quieras, pero yo estoy dentro de tu cabeza. Yo soy tú, en realidad. Y por mucho que corras, nunca podrás huir de mí.


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar