La pierna de Merce tamborilea en la sala de espera. Vuelve a mirar el reloj. 

—Ya llega media hora tarde, típico de él. Ni para esto es capaz de ser puntual —se queja a su amiga Adriana que está sentada a su lado.

Quince minutos más tarde, Javier aparece al fondo del pasillo. En cuanto da su nombre en recepción, el notario sale del despacho para avisar a Merce.

—¿Quieres firmar por separado o…?

—Lo que sea más rápido —responde ella sin dejarle terminar, levantándose y pasando a la pequeña sala de firmas.

«Acuerdo de divorcio», reza la cabecera del papel que empieza a recitar el notario. La pierna de Merce vuelve a sacudirse, y se obliga a detenerla. En cuanto el hombre termina la lectura y le entrega el papel, ella lo firma a toda prisa, y sin dirigirle la palabra a Javier abandona la sala. Agarra a Adriana por el brazo y bajan las escaleras de dos en dos. 

En cuanto llega a la calle, no se contiene.

—¡Al fiiiiin! ¡Soy libre!

Adriana se sobresalta, pero no le dice nada. Mira sus pies cuando la gente que pasa por la calle se las queda mirando. Adriana sigue gritando y bailando, así que Adriana decide agarrar a su amiga por la cintura y se echa a andar.

—Bueno, vamos a llamar a las chicas para que vayan yendo al restaurante —comenta Merce, en tono eufórico.


—Buenas —saluda al camarero en la puerta—. Mesa para siete, a nombre de Merce.

Comen hasta hartarse. Un entrante de cada tipo, montones de sushi, sashimi de todos los pescados posibles…

—¿No será mucho? —comenta Ana cuando el camarero les trae la carta de postres.

—Paga Javier —responde Merce con una sonrisa mientras lee las opciones y decide pedir un variado para compartir.

Después, se sientan en la terraza de una cafetería. Pero Merce quiere seguir la celebración, así que las invita a unos cócteles.

—Estoy llena como si hubiera ido a una boda gallega… —empieza a decir Sara, pero Adriana le da un codazo—. ¡Uy, perdón!

—No te preocupes, esto es lo mejor que me ha pasado en la vida… ¡Noche de chicas! —aulla Merce levantando su mojito para brindar.


Había salido de casa a las doce de la mañana. Cuando vuelve, el reloj marca las cuatro y media de la madrugada.

Merce entra en la habitación, trastabillando. Al quitarse el vestido, tropieza en la cama y cae despatarrada.

—Mierda…

Sin darse cuenta, las lágrimas empiezan a caer por sus mejillas. Se abraza a la almohada y llora hasta quedarse dormida.


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