El piso aún está oscuro cuando él llega del trabajo. Sin dejar el maletín o la americana se acerca a la nevera, coge una cerveza y se sienta en el sofá. Al poco llega ella cargada con las bolsas de la compra.

—¡Que pronto has llegado! —exclama ella—. ¿Has cogido el bus?

—No, no me encontraba bien. —Da un largo trago a la cerveza antes de continuar—. He tomado un taxi.

- ¿Sigues sin dormir bien? —Ella habla mecánicamente mientras coloca las verduras en la nevera—. ¿Has vuelto a soñar con ese cuadro?

-¡Ese maldito cuadro! —dice con angustia, levantándose del sofá y acercándose a la cocina—. "Los jugadores de cartas" de Caravaggio. —expone mientras ella coloca la compra—. Aun no logro comprender cómo terminamos allí… porqué nos desviamos casi 400 millas de la Ruta 66 y llegamos a aquel pequeño museo cerca de Dallas. Y encontrar ese cuadro...

—Creo que te estás obsesionando un poco con el tema.

—¿Obsesionando? —Sus ojos cansados la miran con dureza—. ¡Soy yo! El tahúr, el timador que hace las señas es idéntico a mí. No hablamos de cierto parecido; la forma de la nariz, el color de los ojos… ¡es mi cara! Incluso me veo reflejado en sus gestos.

—El parecido es innegable —dice ella sonriendo.

—Después están esos sueños que se repiten cada noche desde que volvimos de Estados Unidos. –Deambula por el piso mientras sus palabras resuenan en las paredes—. Siempre iguales pero con ligeras diferencias. —Tras guardar las últimas latas en un estante se dirigen juntos al salón.

—¿Cómo fue el sueño de esta noche?

—Más o menos igual que los anteriores... Estoy en la escena del cuadro haciéndole señas a mi compinche. En esta ocasión le indico que su adversario lleva el dos de corazones, lo recuerdo perfectamente. Entonces algo llama mi atención, una joven parece percatarse de que estamos engañando a ese chico, su rostro me es familiar pero no logro reconocerla. Me giro y al otro lado hay un espejo, me veo vestido de época, con la pluma en el sombrero y demás… me sorprendo, pero entonces mi cara cambia. Mi piel se va derritiendo lentamente, veo mis huesos, mis tendones —dice con voz rota. Sus manos tiemblan y sus ojos están llorosos—. Entonces, como cada noche, me despierto empapado en sudor y no consigo volver a dormir.

—Cariño tranquilízate, es solo un sueño. —Ella le abraza y le besa en la cara—. Ve a darte una ducha mientras preparo algo de cena. Seguro que después te encuentras mejor.

Él se levanta mientras ella le ayuda a quitarse la americana. Le acompaña hasta la puerta del baño y allí le da un último beso, solo entonces ella saca del bolsillo interior de la américa el dos de corazones.

—Pobre infiel, nunca debiste jugar conmigo, engañarme así. Ahora cada noche sufrirás tanto como yo sufrí aquella noche en Nueva Orleans. —Ríe mientras el naipe se consume en llamas entre sus dedos.

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