Ocuparse de la tercera planta en su primer día hubiera sido todo un privilegio, si no fuera porque le impidió evadir los chillidos de la 339. 


Temblorosa, dejó la bolsa con la placa conmemorativa en el suelo, mirando a ambos lados del pasillo antes de atreverse a acercarse a ver más allá de la puerta entrecerrada. Al otro lado, el director de orquesta homenajeado le arrancaba el esófago a la segunda violinista con los dientes. Ana retrocedió rápidamente, chocándose contra la pared y cayendo al suelo. 


Una mujer se le acercó para ayudarla, o eso creyó hasta que en su lugar fue a tomar la llave de la cerradura sigilosamente, quitando con el dedo un trozo de plástico oculto.


—Deberías volver a la fiesta —la advirtió antes de irse, por lo que Ana, poco dispuesta a quedarse sola, la siguió hasta el comedor. 


Hasta ese momento, la novata no recordó su responsabilidad, y sin permitirse imaginar las consecuencias, se puso un delantal y asistió a los camareros. 

Durante los minutos siguientes, trató de convencerse de que no había ocurrido, hasta que pasando al lado de la mujer oyó:


—¿Has visto a Marina? —preguntó alguien preocupado. 


—Dijo que llegaría tarde —afirmó la invitada en cuestión, esbozando una mueca sin girarse. Ana no pudo evitar seguir la dirección de su mirada hasta dar con el homenajeado.


—Sin ella no podemos empezar —afirmó otra persona, y la velada se prolongó tanto, que Ana supo que con el último tren había perdido la posibilidad de escapar. Quería obligarla a confesar y a la vez no podía. Así que esperó a que la inquietud se extendiese y ocurriera lo inevitable.

Solo que antes, uno de los encargados del hotel la tomó del brazo. 


—¡¿Dónde está la llave de la 339?!— la acusó uno de los encargados, cuyos gritos se perdieron igual que los de Marina entre las paredes.


—No quieras saber lo que tiene que pasar ahora —se quejó iracundo. 


—¿Qué tiene que ocurrir ahora? —se burló la mujer, antes de girarse a contemplar al asesino de Marina apresurarse aterrado hasta puerta y desaparecer por el pasillo. En respuesta, zancadas en dirección contraria hicieron retumbar el edificio. 


Antes de que el encargado pudiera llevarse a Ana para infligir su castigo, en los ojos de la mujer vio al asesino decir: 


Soy el último dios en sobrevivir a las pruebas. Ya nadie podrá pararme. Siempre estarás sola. 


Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar