Marisa le arregla con cuidado el cuello de la blusa a la abuelita y vuelve a prender la horquilla de brillantes despacio, muy despacio, para colocar el mechón de cabello fuera de sitio. La anciana le dedica una apacible sonrisa.

—Ahora estás perfecta, madre.

—Gracias, cariño —dice, con voz aguada—. Estás preciosa. ¿Hiciste la tarta sin azúcar? Recuerda que soy diabética.

—Sí, madre —responde Marisa, seria—. Me acuerdo.

—Gracias, cariño. Te quiero.

Tocan al telefonillo y Marisa se aparta del lado de la anciana, dando vuelo al vestido rojo con lunares blancos. Sus enérgicos taconeos amartillan el entarimado. Tras responder y apretar el botón de abrir, aguarda junto a la puerta.

—¿Hiciste una tarta sin azúcar para mí? —pregunta la abuela de pronto, en el tiempo que tardan los invitados en subir en ascensor.

—Sí, madre.

—Recuerda que soy diabética.

Instantes después, llaman y Marisa abre la pesada puerta blindada. Sonríe mucho.

—¡Germán, hola! —saluda la anfitriona tan pronto cruza la puerta su hermano, un corpulento hombre trajeado.

—Marisa… —Él va directo hasta donde se encuentra la abuela, ante quien deposita una hermosa hortensia envuelta en celofán—. ¡Feliz cumpleaños, Mamá!

—Gracias, hijo. Me alegra mucho verte —replica la anciana con los ojos húmedos, alargando la mano para coger la suya—. Te quiero.

—¡Paula, cuñada, qué guapa estás! ¡Ramoncín, cuánto has crecido!

—Marisa, tú sí que estás impresionante —Ambas intercambian dos besos—. ¿Te ayudo en algo?

—No, gracias, está todo preparado —responde ella, señalando la mesa de comedor llena de platos: tortilla de patatas, empanadillas, sándwiches de jamón y queso... Y dos tartas, una grande y otra pequeña.

—¡De chocolate! —exclama Ramoncín, ubicándose veloz junto a la tarta pequeña.

—¡Es mi tarta, ni se te ocurra tocarla! —lo regaña la abuela, y luego le da un billete de cincuenta euros cuando sus padres no miran—. Anda, guárdate esto. Te quiero.

La fiesta se anima con anécdotas del trabajo de Germán. Paula, su mujer, comenta que le han ofrecido un puesto de responsabilidad, pero que lo ha rechazado.

—Es en Italia —explica él, encogiéndose de hombros—. Me perdería estos cumpleaños —añade, pasando la mano suavemente por la espalda de la abuela. Ella lo mira entristecida.

—¿Y tú, Marisa?, ¿qué te cuentas del papel que te han dado?

—¡Qué alegría! Menos mal que la vecina se quedó con Mamá y pude ir a la audición.

—Hacía tanto… —dice la anciana.

—Qué sosa está esta tarta —se queja Germán al rato, y el resto coinciden.

—¿No habrás confundido los ingredientes? —pregunta Paula.

Marisa arruga el ceño. Luego, va a la cocina y vuelve riendo a rabiar, con dos botes parecidos en cada mano.

—¡He confundido el edulcorante de mamá con el azúcar!

—¡NOOOOOO! —grita la anciana. Está pálida—. ¡Llamad a una ambulancia!

Minutos después, todos menos la abuelita sufren un infarto indoloro e indetectable. En el billete de Ramoncín, la policía encargada del caso halla el siguiente mensaje: «Os quiero. Seguid vuestras vidas».








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