Fallar es fallar, no importan las excusas, no actuó a tiempo. Ahora están muertos.

Pero empecemos por el principio. Todo ocurrió cuando ocurren las cosas más importantes de nuestras vidas: mientras estaba en el baño. Es mientras realizamos el bajo acto de descomer cuando se ocurren los mejores relatos, la forma ideal de pedir matrimonio, o cuando muere alguien en tu fiesta. Y allí estaba él, el garrafón espoleaba sus entrañas, la música le marcaba el ritmo y la gente disfrutaba mancillando la organización de su piso. Estaba zafado en un debate profundo con el segundo retortijón de la noche cuando escuchó el grito. Casi al unísono oyó un golpe, ruido de cristales, y una tromba líquida que estallaba contra el suelo. De repente todo fue silencio.

Salió en cuanto pudo. El salón era un bosque de estatuas. Todos miraban a Jimeno: lloraba. A sus pies estaba Fernandete. Fernandete había muerto. Su Fernandete... Su único y mejor amigo.

Fernandete yacía inmóvil sobre un charco que poco a poco se expandía, rodeado de miles de fragmentos de cristal. Sus ojos siempre despiertos, abiertos como platos, ya no radiaban vida. Su boca abierta en agonía había dejado escapar su alma. Se había asfixiado.

Las caras de los presentes eran un arcoíris de incomodidad, de las más pálidas con deje de terror, a las más rojas de apretados labios; bozal de risas macabras ante la grotesco. Jimeno miraba a Clotilde, quien se tapaba la boca con la mano.

—Ha sido un accidente —balbuceó ella—. Le he dado sin querer un golpecito...

—¡Un golpecito! —Estalló Jimeno—. ¡Eso no lo ha hecho un golpecito! —gritó señalando el destrozo sobre el que yacía su amigo.

Nadie habló.

—Tranquilízate —dijo Poncio—. Ha sido sin querer.

Todos miraron a Jimeno. Rostros fruncidos, parecía como si él les hubiese aguado la fiesta. Como si él fuese la amenaza.

—Odiabas a Fernandete —gritó a Clotilde—. Lo has odiado desde que vino a vivir con nosotros, ¡admítelo!

De repente, todo fue demasiado rápido. En la mesa había un cuchillo.

Gritos. Hubo un forcejeo.

Poncio no pudo hacer nada para proteger a su novia. Clotilde poco pudo hacer para defenderse de Jimeno.

Jimeno dijo a la policía que había perdido el control al ver a su amigo muerto. La policía no se creyó que alguien pudiese reaccionar así por un pez muerto. Más tarde, alguien admitió que Jimeno estaba un poco tocado, y que su pez era su vida. Pero además ese alguien había notado cómo Jimeno miraba a Poncio, y lo mal que llevaba que su nueva novia viviera con ellos. Además, confesó que durante la fiesta vio cómo Jimeno arrastraba la pecera hasta el borde de la mesa donde Clotilde había dejado su bolso. Entre sollozos se habló de amor y odio, de locura, y de cómo los celos puede hacerte incluso sacrificar a tu mejor y único amigo.

Pero aún sospechando no hizo nada, le falló a sus amigos; pero es que se estaba cagando.



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