La fiesta estaba en su mejor momento cuando la música se detuvo.

—¡Fuego! —El grito resonó por encima de los murmullos de la gente que miraba a todos lados. La voz de alarma se repitió—: ¡Fuego!

Los pasos de baile se convirtieron en zancadas apresuradas en busca de una salida mientras algunos de los empleados guiaban a la gente por entre las mesas. Pronto el local quedó vacío a excepción de dos mujeres que esperaban junto a una puerta.

—¿Cómo se te ocurre provocar un incendio en un bar de copas? —preguntó una sin apartar la vista de la otra—. ¿No ves que podemos salir ardiendo como una falla? Está todo lleno de alcohol…

Su compañera se llevó un dedo a los labios y se pegó a la pared antes de que la puerta se abriera. Del baño salió un hombre bajito y escuálido cargado con un extintor en las manos.

—Falsa alarma, no hay ningún incen…

Una de las mujeres le golpeó la cabeza con una botella antes de que acabara la frase y el hombre se desplomó en el suelo. La sangre comenzó a brotar de la herida y a correr por el linoleo pegajoso.

—¿Qué has hecho? ¡Lo has matado!

—Ayúdame —ordenó ella y cogió al hombre por los pies.

—Sólo íbamos a darle un susto por no haberte dicho que estaba casado. ¡Nadie dijo nada de matarle!

—Este tío no solo me mintió. Me golpeó cuando le dije que sabía lo de su mujer y que se lo iba a decir todo. Me pegó y se llevó todo lo que tenía. Me destrozó el coche. No iba a darle un simple susto.

—¡Pero lo has matado!

La mujer soltó los pies del hombre y se enderezó.

—¿Vas a ayudarme o vas a seguir poniendo pegas?

—Lo siento, no pienso ser cómplice de un asesinato.

—Está bien —dijo mientras se sentaba en uno de los taburetes cercanos—, está bien. Te diré la verdad, pero quédate.

—¿De qué estás hablando?

—Este tío no está casado. No me lo he tirado ni me ha pegado. Ni siquiera lo conocía más que de haberlo visto en una foto.

—¿Entonces a qué viene todo esto?

La mujer que se había sentado levantó la vista y miró a su amiga con lágrimas en los ojos.

—Acosaba a Tara.

—¿A tu hija?

—Sí. Desde hace semanas. Primero por internet, luego apareció por el barrio.

—¡Pero si solo tiene 12 años…!

—La policía dijo que, mientras no se cometiera delito alguno, ellos no podían hacer nada. —Se sorbió la nariz y se limpió las lágrimas con la manga del abrigo—. ¡No puedo dejar que se acerque a mi niña! ¡Y no sabía si decirte la verdad!

La amiga observó el cuerpo durante unos segundos y, con los brazos en jarras, paseó la mirada por el resto del local, lleno de copas a medio beber.

—Pues espero que hayas traído un mechero porque aquí hay mucho que quemar para que no nos pillen.

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