La jarana apenas comenzaba a encenderse, la pista de baile por fin se llenaba. Yo empezaba a sentirme molesto, como un pez fuera del agua. Solo vine a petición de mi sobrino y de sus amigos. A pesar del ruido de los equipos pude oír un grito que me alarmó: “¡¡Pelea, pelea!!” Cuando volteé, en el centro de la sala estaban casi todos; había otros gritos irreconocibles, y unos pocos abandonaban el lugar. Como la persona de mayor edad en el lugar, intenté abrirme paso y ver qué acontecía. Me costó desplazar a aquellos jóvenes vigorosos y, cuál sería mi sorpresa, los contendientes eran mi sobrino Pedro y su amigo Roberto. En instantes pasaron varias cosas por mi cabeza, pues me sentía responsable por no evitar la situación a tiempo.

Roberto, con una fiereza que no le conocía, estaba sosteniendo a Pedro por el cuello.

─¡Le faltaste el respeto a Mercedes! ─reclamaba mientras lo apretaba.

─Suéltame o no respondo ─le advirtió Pedro.

Mi sobrino reaccionó con un empujón que llevó a su ahora rival contra varios de los presentes. Por más que tres de sus amigos trataban de detenerlos, cada uno aplicaba contra el otro técnicas salidas de cualquier disputa de lucha libre. Ni siquiera tenía conocimiento de que practicaran algún deporte de combate. Mi preocupación aumentaba porque, de algunos de los presentes, salían expresiones de apoyo a la pelea. Por otra parte, la rapidez y la fuerza de los chicos me impedía separarlos.

Al fin, las novias de Roberto y Pedro se colocaron en medio de ellos. Eso pareció calmarlos y, como tenía un buen rato sin hacerlo, suspiré aun cuando me encontraba agitado. Conversaron calladamente, sus palabras no llegaron a mis oídos. Mi sobrino fue al interior de la casa con su enamorada, y su amigo al patio con la suya.

A partir de ese momento, me sentí más frustrado que nunca; seguramente me habían invitado para supervisar que todo saliera bien, y no lo logré. Los comentarios de los muchachos que se hallaban cerca de mí, no mejoraron mi situación: “¡Qué fiesta de porquería!”, “y eso que son muy amigos”, “¿y quién estaba a cargo de que no sucedieran cosas como está aquí?”

En ese momento observé que Roberto y su compañera pasaron cerca.

─Debes hablar con Pedro y arreglar todo ─le instó ella─. Su amistad hay que conservarla.

─Si amor, tienes razón.

Decidí seguirlos a la casa, temí por otro encontronazo. Cuando llegué los cuatro estaban en la cocina con la puerta entreabierta. Todos se reían, en especial las jóvenes. Creo que no notaron mi presencia, así que pude oír.

─La verdad es que somos unos actores, engañamos a todos ─afirmó Pedro.

─Y la presencia de tu tío impidió que otros mayores se preocuparan por venir ─remató Roberto.

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