El castillo condal bulle de vida. La fiesta está a punto de concluir, y por supuesto, ha sido todo un éxito. Todas lo son.

Las calesas entran y salen; transportan a la gente más pudiente de la ciudad, que acude como cada luna llena al gran baile condal. Los modernos carros automáticos son todo un alarde. Los dos guardias de la entrada los miran embobados, y están a punto de no escuchar el grito ahogado que se derrama en la noche desde los aposentos del conde Satien.

—¡Corre! —es todo cuanto el guardia más veterano se permite decir antes de lanzarse a la carrera en busca de la voz de mujer que acaba de romper el ambiente festivo de la velada.

El otro guardia, bajo, pelirrojo y rechoncho, no tiene oportunidad de contestar, pues un lobo descomunal del tamaño de un jamelgo cae desde la ventana de los aposentos. La bestia no tarda en convertir al soldado en un amasijo de carne sin forma. Cuando su compañero reacciona y dispara al animal con su pistola de mosquete, el lobo ya se marcha a la carrera. Todos los caballos junto a los que pasa se encabritan, y la gente grita despavorida al contemplar al monstruo grisáceo y ensangrentado.

El viejo militar no tiene tiempo de perseguir a la criatura. Entra a la sala de baile, donde los rezagados demasiado embriagados como para darse cuenta de lo que pasa continúan la fiesta. Se une a otros guardias, que tratan de mantener la compostura para que no cunda el pánico.

—Harkov, Dzini, Sarteiv, preparad las pistolas y los sables y venid conmigo a los aposentos de nuestro señor. Azra, Karevai, controlad la sala de baile. —Su voz suena asertiva pero suave, nadie salvo los tres soldados parece escucharlo, pues es apenas un murmullo en comparación con la suave tonada con el que el quinteto de cuerda y clavecín ameniza la fiesta.

Los soldados cruzan la puerta de madera labrada que lleva a las estancias privadas del señor del castillo, y mientras suben las escaleras sus armaduras tintinean. Cuando llegan al dormitorio de su señor, lo encuentran tendido sobre una cama ensangrentada.

—¡Ayudadme, bastardos! ¡Esa bestia me ha arrancado el brazo!

Los hombres se apresuran a asistir a su señor. Dzini se quita el cinturón y le hace un torniquete, mientras que Harkov sale corriendo en busca del médico del castillo. El guardia anciano, por su parte, mira el suelo con el ceño fruncido. Su mirada se clava por unos instantes en los trozos de madera y cristal del mobiliario roto, pero no tarda en posarse en otro detalle: ropa de mujer. Las prendas están desgarradas y revueltas en el suelo, pero no han sido destrozadas por un animal.

Sus ojos vuelan por la habitación. De los jirones, a la ventana. De la ventana, a su señor. De su señor, a los jirones. Desenfunda su pistola y, sin más, le vuela la cabeza al conde.

—Una bestia ha muerto esta noche —sentencia.

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