Max se levanta cuando su mujer regresa, sonríe y con la mano en la que lleva la alianza acaricia su rostro.

—¿Eres feliz? —pregunta inclinando la cabeza hacia ella, acercando sus caras—. ¿Te gusta la fiesta?

Ella asiente y sus pendientes de cristal lanzan destellos por un momento.

—Lo soy, amor. —Con un gesto señala el cuarteto de cuerda—. Es la mejor fiesta de mi vida.

Él empuja una copa de cava hacia ella y se pone en pie.

—Este no es mi vaso. Aún no he bebido.

—Sí, lo es, no te habrás dado cuenta. Nadie ha tocado tu copa. —Vuelve a inclinarse sobre ella, marcando sus dedos en el delicado hombro—. Vamos a brindar por ti, no empieces con tus paranoias, cielo —susurra.

Ella le mira y no dice nada, solo sonríe y mira la copa manchada de pintalabios. Con un encogimiento de hombros se pone en pie, alza el cava y mira a los invitados.

—Mi marido tiene un grandilocuente discurso preparado, estoy segura. —Hace una pausa y ríe, el público le acompaña—. Pero estamos en mi fiesta y aunque sea de mala educación, brindaré en mi honor y en el suyo. ¡Feliz cumpleaños para mí!

Los asistentes alzan sus copas y beben. Ella le ofrece la suya a su marido.

—Como en nuestra boda.

Él sonríe y enlaza el brazo con el de ella, beben ambos, así unidos, de la copa ajena.

—Silvia, tengo que decirte algo —empieza él.

Un grito recorre la habitación. Al final de la sala una mujer cae al suelo. Un corrillo se forma rápidamente, le dan aire, levantan sus pies, comprueban respiración y pulso.

Max se levanta tirando la silla, trata de ir, pero su mujer le frena.

—¿Alguien ha bebido de mi vaso?

—¿Qué? No, ya te he dicho… —Calla y le mira de nuevo a los ojos, la mano le tiembla y ya no aprieta— ¿Es Marisa? ¿Qué has hecho? ¿Me has envenenado?

Ella sonríe.

—Así que me has mentido. Alguien sí bebía de mi vaso cuando yo no estaba. —Él se sienta, cubierto en sudor—. La cama revuelta, las llamadas nocturnas, no eran paranoias mías, ¿no? ¿Empiezas a encontrarte mal?

—Hija de puta. Te voy a llevar conmigo.

Toma el cuchillo del solomillo con mano temblorosa y ataca. Silvia grita y huye.

—¿Pero te has vuelto loco? —grita Marco frenando a su hermano—. ¿Pensabas matar a tu esposa mientras atendíamos a la mía? Marta puede perder el bebé.

Max se detiene en seco y mira su temblorosa mujer. Su hermano continúa agarrándole. A lo lejos suenan las sirenas de la ambulancia y el coche patrulla.

—Me has mentido. —Cae al suelo y llora.

Ella se inclina acercando sus caras.

—Sí, a tu lado, nunca he sido feliz.


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