—Soy yo —susurró Aura cuando vio que me sobresaltaba.

El conducto repiqueteó y cuando la chica saltó a la guarida. Me cogió la mano y acarició su cara con ella, como siempre hacía para demostrarme que era humana. Inmediatamente después, colocó en mi palma algo blandito.

—¡Aura, esto es muchísimo! —protesté cuando me di cuenta de que eso era mi comida—. Podrían haberte pillado.

—Pero no lo han hecho.

Se apoyó contra mi hombro y noté su aliento asmático sobre el cuello. A otra persona le hubiese incomodado, pero esa respiración era mi nana para dormir todas las noches.

La Factoría podía ser un lugar frío del que hacer un hogar. Pero con Aura, esconderse de los bots patrulla en ese taller de implantes biónicos abandonado sonaba como una aventura emocionante, la trama de dos héroes legendarios.

Me gustaba llamarnos héroes. Si nosotros no nos decíamos cosas bonitas, el mundo exterior acabaría por contaminarnos con sus prejuicios. Aura y yo fuimos el error de un experimento genético. Deberíamos haber nacido como los demás: altos, rubios, perfectos... Sin embargo, yo salí ciego y Aura me ha contado mil veces por qué el oscuro de su piel desagrada tanto.

Aproveché para acariciar su brazo en ese momento. Para mí, claro u oscuro eran iguales al tacto. Y su piel era tan suave, que me negaba a creer que fuese el producto de un fallo.

—¿Cómo ha sido hoy? —pregunté.

Aura hacía de mis ojos cada vez que salía a escondidas al exterior.

—Al parecer hay una nueva moda. Van todos iguales.

A veces me alegraba bastarme de mi imaginación para percibir el mundo. Mi amiga siempre volvía triste de sus salidas al exterior. Dice que la gente es presa de lo que los demás piensen de ellos y el cielo es gris de contaminación. "¿Cómo debería ser?" Le pregunté en su momento. "Azul". Respondió ella. Y por cómo lo dijo, suspirando, el azul debe de ser algo raro de encontrar.

Subí la mano, repasando la piel de Aura allá donde mis dedos se deslizaban. Me encontré con la curvatura de sus labios, que ya me sabía de memoria. El momento quedó interrumpido por un tenue golpe en la pared.

—¿Qué es...?

Otro golpe aún más fuerte me dejó la frase a medias, seguido de una explosión ensordecedora.

Manoteé en el aire, desesperado. Un bot patrulla debía de haber seguido a Aura hasta allí. Alguien me agarró de la muñeca y tiró de mí en la oscuridad. "Que sea ella". Recé.

—¡Mav! —me llamó Aura, apretándome muy fuerte—. ¡Me ha cogido!

Algo empezó a tirar de los dos. Ella gritó, un chillido agudo y desconsolado, cuando empezó a sonar la vibración de un arma cuántica cargándose.

—¡Suéltame! —pedí—. ¡Así uno podrá escapar!

Pero se aferraba a mí como si estuviese a punto de caer a un abismo. Normalmente era yo el que me agarraba a ella para andar. Algo caliente me salpicó en la cara cuando Aura dejó de gritar.

Aunque el siguiente disparo llevaba mi nombre, nunca sentí que se produjese. No sentí nada más a partir de ahí, en realidad.

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