Siempre me he dejado llevar por sonidos que escucho y, al percibir su ritmo —su música—, es como si la belleza llenara el aire de vibraciones armónicas; también de discordes. Puedo percibirlo mejor al estar en el taller mecánico de mi hermano, donde hago parada de camino a mi trabajo. Es música disonante, pero todo tiene su ritmo y gracia, su armonía particular. No puede suceder todo en el escenario de un conservatorio. Sentado en el despacho del taller escucho otro tipo de concierto, entre el repicar de herramientas, utensilios diversos y maquinaria. Sentado en un sofá desayunamos los tres, mi hermano, su mujer y yo. Nosotros también interpretamos nuestra melodía clásica.
Escucho el fuerte silbido de la cafetera italiana, cuando el líquido sube aromático. Raquel, mi cuñada, sabe glosar un buen café. Cuando la cafetera termina su canto, suena el arrullo del líquido al llenar las tazas. Luego ella se acerca hasta la mesita contigua al sofá, donde deposita la bandeja con las cucharillas interpretando la respuesta metálica al son de las tazas que tintinean entre ellas. Todo el sonido de esa danza que puedo intuir se mezcla con los golpes que Ramón, mi hermano, suelta en el vientre de algún motor, o con el taladro hidráulico haciendo bailar los tornillos de las ruedas, mientras tararea alguna melodía, feliz.
Todo ese concierto se ignora, no se percibe con la vista más audaz. A mí, esa visión no me hace falta. Y cuando Raquel se sienta a mi lado, el canto de su ropa es una suave nana que endulza mis oídos. Luego, un leve susurro de pisadas suaves, pero firmes y amortiguadas por su base de goma, indican que mi hermano ha sentido el aroma de la cálida bebida; viene a por su dosis. Un nuevo sonido aparece, un casi inaudible chorro de leche canta su entrada en la taza, acompañado por el partirse de una porra de crema pastelera al mojarse en el café; todo forma parte de la sinfonía. Música en la oscuridad, mi mundo sin imágenes. Entre comentarios domina el sonido de los sorbos, templados, acompasados con susurros agradecidos, suenan notas bajas en las palabras que intercambiamos; son la letra de nuestra canción, como otros instrumentos de viento llenando el espacio con su suave melodía.
Terminado el primer movimiento, Ramón restablece el camino hacia el coche que anda manipulando. Nos dice —hasta luego—, con su barítona voz. Raquel me presta su brazo y como cada mañana me acompañará, en un andante non tropo, hasta la esquina, donde tengo mi caseta de venta de lotería. Allí escucharé nuevos conciertos vecinales, después de haber disfrutado otro desayuno más, otra sonata de incomparables resonancias, que mañana repetiré.
Solo me hace falta sentirlos, para saber que esa armonía nos une como a un pequeño grupo coral. El sonido de aquello que no se ve, es mi canción del taller, la de todas las mañanas, que llena las visiones melodiosas de mi vida, y de todo aquello que, sin ver, puedo sentir.






 

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