Hay algo mágico relativo al tacto. Yo lo sé, mi madre lo supo, y antes que ella mi abuela y bisabuela. Los dedos nos cuentan cosas que los ojos no pueden ver. Los dedos nos cuentan el pasado de aquello que se puede rozar. Me cuentan que mi madre ha llorado después del portazo que ha hecho temblar el pequeño taller al marcharse el señor Corelli. Me cuentan que sus manos tiritan, me desvelan que su ropa es muy escasa para el frío que se cuela de finales de otoño. Mis manos, guiadas por una intuición inherente en mí, sostienen ahora suavemente la pequeña pieza que mi madre guardaba con tanto recelo, aprisionada entre las suyas como si quisiera hacerla desaparecer.

Al momento percibo el motivo de su turbación. La pieza está rota.

Madre y yo, al igual que antaño madre y abuela, y más atrás aún, abuela y bisabuela, nos dedicamos a crear figuras de ajedrez. Espléndidas esculturas talladas de diminuto tamaño, cada cual creada con sumo cuidado, contornos delicados con sutilísimos matices, de exquisito gusto. Nuestro pequeño estudio, Høstregn, no era muy concurrido: tan solo aquellas familias que, generaciones atrás, habían depositado la confianza en las manos de las matriarcas de mis antepasados, seguían acudiendo fieles y metódicas a por sets de juegos de ajedrez. Tableros, piezas, contadores, así como la reparación de piezas de madera, piedra, y materiales mucho más peculiares, son encargados como tradición el primer miércoles de cada enero. Y nosotras nos aseguramos de tener todo listo tras doce lunas llenas.

De los encargos más singulares que hemos recibido, el que mi madre enfrentaba era el más delicado y probablemente el más importante. Treintaidós piezas creadas a partir del material más retorcido que nos han encargado nunca: huesos humanos. Tal material requiere de finura y experiencia: mi madre parecía ser la más indicada para ello.

Y aun así, sostengo entre mis manos lo que podría conllevar nuestra perdida.

Nuestra relación con el señor Corelli se remontaba generaciones atrás, y aunque los detalles se han perdido en el transcurso del tiempo, un único mensaje quedo gravado a fuego en las mujeres de mi familia: no se le podía decepcionar. Sus encargos, aunque escasos, siempre han sido una prioridad, o al menos, eso me han contado, susurrando la última vez que lo percibí, cuando yo tenía apenas cinco años, tras el mostrador. Su voz, su olor, y la temperatura de la habitación hicieron de ese hombre la peor de mis pesadillas, a pesar de que jamás pude ni podré verle el rostro.

Los dedos me cuentan un futuro desolador. La lluvia de otoño repiquetea contra las ventanas del taller, ensordeciendo los sollozos de mi madre. Enero está a la vuelta de la esquina. Los dedos me cuentan cosas que mis ojos, ni los de nadie, pueden ver. Me revelan secretos imperceptibles. Me revelan un camino que eriza mi piel.

- Madre. Puedo hacerlo –susurro.

En ese momento sé que me he sentenciado.


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