El sonido de una torquera M-112B es inconfundible. También es peligroso. Instintivamente doy la orden.

—¡Paren las máquinas! ¡Peligro de desajuste!

Me saturo con los silbidos, golpes y otros sonidos metálicos. Cuando vuelve el silencio doy otra orden.

—¡Buscad en el sector 3B de la primera planta! Una torquera M-112B ha caído —digo mientras escucho murmullos y pasos.

Es una pieza pequeña. Tardarán en encontrarla. Yo solo puedo orientarles, ese es mi trabajo. Zen permanece a mi lado, sigiloso y en guardia. Parece un gran profesional. El riesgo de atentado para mí ya casi es una leyenda urbana, aunque los Yongs siguen ahí afuera, resentidos. Los analistas coinciden en que pretenden que falle la maquinaria. Dependemos de los Centinelas para protegernos y de los Cosechadores para alimentarnos. Estos talleres constituyen la base de nuestra supervivencia. Unos ponen sus manos precisas y su vista. Yo pongo mi oído. Cualquier desajuste puede ser mortal. Por eso las Nojo somos tan importantes y tenemos guardianes. Ningún vidente puede hacer nuestro trabajo. Un desajuste podría costarnos la invasión.

—Te llevaré a seguridad —masculla Zen.

—Vamos —digo con un susurro.

El último atentado contra una Nojo fue hace más de una década. Las últimas que mataron trabajaban en una planta de Cosechadores. Los desajustes provocaron que las cosechas no se pudiesen llevar a cabo. Murió un treinta por ciento de la población por la hambruna y hubo que destinar más recursos a fabricar Centinelas. Por suerte, logramos reprimir a los Yongs. Nos debilitaron, casi nos invanden. Pero siguen siendo un desastre social sin jerarquía o especialización, más preocupados por el arte que por comer o por la ciencia. No podemos integrarlos, el Gran Pacto Hozing-Yong fracasó hace décadas, no fueron capaces de concretar ningún punto. Los Hozing nos retiramos, tampoco los invadimos, ni nos preocupamos más por ellos. No saben trabajar, no saben vivir. Algunos se quedaron entre nosotros, pero los detectamos y logramos expulsarlos.

Zen está demasiado quieto, hay mucho silencio. Esto me desarma.

—Zen, ¿estás ahí?

Él respira agitado.

—Claro —responde—. Aun no han dado el aviso.

Le apuñalo sin matarlo y lo inmovilizo.

—La radiación tras la Gran Guerra Termonuclear nos quitó la vista, agudizó nuestro oído y también nos dio cierta consciencia extra. Te sentí nervioso, como el traidor que eres.

—¡Solo queremos vivir! ¡Mi pueblo se muere de hambre! Los Yongs nos quedamos atrapados en la tierra yerma.

—No os necesitamos. El Consejo de las Nojo conoce más casos de espías durmientes como tú. Tu pueblo, la lacra que sois, está condenado. En este planeta no hay sitio para todos. Se muere.

—¿Fingías?

—No. Hasta hace poco no sospeché que eras un durmiente. Otras Nojo no han sido tan compasivas y han matado a su guardián durmiente, ahora mismo lo estoy sintiendo. Aún te salva el buen recuerdo de nuestras noches juntos. 

—Apiadaos. Somos hijos de una guerra que no pedimos, como vosotros —dice Zen, llorando.

No lo soporto, lo mato y reporto su caso. El mundo es de las Nojo, herederas de la Gran Radiación. Todos nos sirven a nosotras. Así debe ser.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar