Deslizo la yema de los dedos por la “línea de vida” por la mera costumbre mientras avanzo por el taller como todas las noches. El repicar del reloj cuenta los segundos, siempre igual de molesto. Ya debería haberlo quitado de la pared. ¿De qué sirve un reloj que no canta la hora? Uno que solo habla con el segundero y, cada sesenta golpes, destaca un TAC que es el minutero desplazándose.

Delante del horno presiono los botones para que comience a calentarse. Recuerdo los cambios del rojo al blanco según la temperatura. Ahora esos indicios me los da la piel. Al pasar cerca el brazo y sentir el olor del pelo quemado, ha llegado a la temperatura ideal. Seguro que hay métodos más modernos, pero no me importan. Soy un forjador a la vieja usanza y no dejaré que nada lo modifique.

En el cubo de fragua hago caer los restos de otros encargos y, con una barra ya deforme y quemada, lo empujo por la boca del horno. Será un trabajo largo conseguir fusionar escombros para sacar una buena arma.

Ladeo la cabeza hacia la izquierda al sentir el sonido de la piel al reptar y un chapoteo breve a continuación. Frunzo el ceño, torciendo ligeramente el torso en dirección al sonido.

Reptar y chapoteo. Más cercano.

Cierro mi puño derecho sobre el hierro de forja, pero no me da tiempo a usarlo cuando la criatura me golpea el pecho. Su aliento putrefacto es más duro que la embestida. Mi torso está cubierto por una sustancia gelatinosa y me envuelven las náuseas.

—Sal a la luz, K’chloch.

—Divertido es que decir tú, anciano —las tres voces, nacidas de tres bocas, producen eco en la estancia. No puedo determinar su posición.

Esa babosa no tiene nada mejor que hacer que interrumpir mi trabajo.

—Vete. Ya hemos terminado. He hecho mi trabajo, tú me has pagado. Todos contentos.

—Yo no contento. Tú vivo y poseer mi poder, anciano. K’chlooch Migh no negociar con humanos. Comerlos.

Un gruñido escapa de mis labios. No me molesta tanto su vocabulario como su doble juego. Pero es el precio a pagar por trabajar con escoria espacial. Me pongo en pie con lentitud. El ignorar dónde se encuentra es lo peor que puede pasar en una situación así.

El horno continúa crepitando. Mis pasos no se amortiguan, por lo que bajó por las paredes. ¿Dónde estás?

TAC. TIC, TIC, T…

El reloj se detiene. Sin dudar, salto hacia la entrada, tirando de la línea de vida en mi caída. Los extintores se encienden y comienza a caer agua salada. Ya lloraré todo el trabajo perdido.

Me tapo los oídos para amortiguar el chillido a tres voces de K’chloch mientras su carne se deshace y las dentaduras que le forjé para sus rádulas se oxidan. El aviso de su muerte me llega cuando las doce prótesis golpean el suelo.

Dejo caer la cabeza contra la pared. Recordatorio: no más babosas espaciales.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Buen relato, muy original la babosa espacial. Tienes algo más de ese trasfondo?

  • Esredi @Magali hace 7 días

    @Kalleidoscope en mi primer relato también escribí estilo ciencia-ficción pero no de este. Voy a tener que desarrollar más la idea xD


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