Toc, toc, toc, toc... un golpeteo cadencioso penetra mi cabeza dolorida. Huele a quemado. Mis piernas estiradas delante hablan: estoy tumbada en el suelo. Al contacto con esa superficie dura y fría mis dedos se bañan en una sustancia aceitosa. No reconozco nada a mi alrededor y, lo peor, no recuerdo cómo he llegado aquí. Mis piernas están como muertas, intento ponerme en pie, resbalo. Mi corazón galopa y me derrumbo ahogada en un mar de lágrimas. 

Al segundo intento consigo levantarme. Una ráfaga de aire ardiendo me golpea. Me tropiezo con una pared a punto de sucumbir de nuevo. He perdido mi bastón y extiendo los brazos para no trastabillar. Toco una correa en movimiento y retiro las manos por miedo a hacerme daño. Demasiado ruido. Giro media vuelta mientras recapacito para volver al punto de partida. Toco de nuevo la pared y me muevo palpándola, cambia de dirección al menos tres veces y en mi mente dibujo el recorrido sin poder procesarlo. Toco algo y el aire azota mi cara: creo que he puesto en marcha otra máquina. Retrocedo. Se enciende otro motor y el sonido ahoga mis pensamientos y mi esperanza.

¿Cómo voy a salir de aquí? Me digo: «Intenta controlarte o nunca lo conseguirás».

Oigo pasos cerca.

—¿Qué vamos a hacer con ella? —pregunta un hombre.

El sonido de mi corazón golpetea fuerte mis oídos, eclipsa al resto y no logro escuchar la respuesta. Me pregunto quiénes son, qué quieren de mí. Deseo salir de aquí con todas mis fuerzas pero no es un sueño, es real. Me muevo hacia un lado y pierdo apoyo. Ruedo por unas escaleras. La frente me duele y un olor acre me dice que hay sangre cerca. Intento orientarme de nuevo: esto es un laberinto lleno de objetos peligrosos. Trato de seguir la pared pero hay obstáculos. 

Alguien baja. Identifico dos pisadas diferentes. Me paralizo.

—Te dije que no era buena idea dejarla sola.

—Bah. Estaba inconsciente y tenía mucho trabajo.

Echo las manos a la cabeza y compruebo que la sangre es mía: experimento cierto alivio.

—¿Por qué no llamaste a la ambulancia?

—Sabes por qué: vendría la poli.

Los pasos se detienen, una mano toca mi hombro. Grito.

—Tranquila señora —dice—. ¿Está mejor?

No contesto. Abro la boca para hacerlo pero las palabras no fluyen. Estoy aterrorizada. Doy un paso atrás y tropiezo. Caigo de nuevo. Alguien tira de mi brazo y me levanta.

—¿Se ha hecho daño? —pregunta el otro tipo.

—No —contesto.

Y pienso: «Espero que vosotros no me lo hagáis tampoco».

Nadie habla. El aire se hace pesado durante un rato.

—¿Quiere que avisemos a alguien?

Eso me tranquiliza.

—Sí, a mi marido.

Cuando llega me abraza y al fin me siento segura.

—Vámonos, amor —susurra a mi oído.

—Creía que me habían secuestrado —confieso.

—Qué va, tontina. Solo te desmayaste en la calle y estos amables señores te ayudaron.

Al salir, escucho el chasquido que mi esposo suele hacer cuando saluda a viejos amigos.

Tiemblo de nuevo.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    Me gusta mucho especialmente el principio, como describes toda la situación desde el "punto de vista" de la prota. Me parece muy bien escrito.

    En cuanto a la clasificación, esta prueba ha puntuado muy alto, por eso parece que es peor tu nota de lo que es.
    Yo me he llevado unas cuantas de bastante menos. No tires la toalla, no te desanimes, mantente centrada en el objetivo. :D
    (Continuo en la entrada que has colgado en tu muro, o como se llame esto aquí)

  • ELEEA B @eleea hace 26 días

    Pues la verdad es que este mes no estoy nada motivada. Siento que no consigo saber construir una trama decente. Y no sé cómo aprender a hacer eso.


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