Antes solía ir al taller todos los días. Era un lugar lleno de recuerdos, memorias que se deslizaban sinuosas siguiendo sendas invisibles. Allí crecí, allí tuve a mis hijos, allí perdí la vista y allí recuperé las ganas de vivir. La madera fue el combustible de mi ilusión hasta el accidente; desde entonces, se convirtió en mi vida entera.

   Hoy me sentía melancólico y bajé a pasear como el que abre un álbum de recuerdos. Al abrir la puerta el aroma a madera del taller me recibe con un abrazo cariñoso, suave, que me invita a entrar. Cierro la puerta detrás de mí y el sonido recorre los pasillos, juguetón, dibujando figuras en mi oscuridad. Avanzo por la derecha y acaricio con mis manos callosas la mesa en la que tanto he trabajado. Mis dedos se deslizan por su superficie sin tratar, suave pero firme. En un par de sitios noto astillas sueltas y sonrío al recordar que saltaron en un momento de enfado. No se clavan en mi carne por la dureza de mis manos, son pellizcos cariñosos de una vieja amiga.

   El olor de las herramientas, duro, férrico, se mezcla con el de los bultos apilados un poco más allá. Es un olor dulzón, afrutado, que se escapa poco a poco a través de su envoltura. Debo estar haciéndome viejo, no me acordaba de este envío, pero no puedo dejar el deber a un lado, así que me pongo manos a la obra. Cojo el primer bulto con fuerza para que no se me resbale el plástico. Al tacto se nota que es bueno y grueso, la mejor forma de envolver mis encargos. En un rato lo tengo todo listo sobre la mesa. Es hora de empezar a trabajar.

   Diez minutos después, cubierto por el sudor del duro trabajo, alguien llama a la puerta. Como una sacudida eléctrica, el timbre me despierta del ensoñamiento que me cubre cuando trabajo. Suspiro, me limpio las manos de una sustancia espesa y me dirijo tranquilo a la entrada con un martillo en la mano, por seguridad.

   —Buenos días, Carpintero.

   —Buenos días, Inspector. ¿Qué le trae por aquí?

   —Estoy siguiendo los pasos de unas personas desaparecidas cerca de aquí. Quizá ha oído algo…

   —No, lo siento. Escuche, estoy trabajando, ¿podría volver más tarde?

   —Tengo curiosidad, ¿podría ver sus obras?

   —¿Está usted seguro de que quiere entrar?

   —Sí, por supuesto.

   Le dejo pasar delante de mí y camina por el pasillo despacio. Recuerdo que las luces están apagadas, porque no las necesito, y aprieto el interruptor. El Inspector se detiene de pronto junto a mi mesa. Oigo su respiración, un caballo desbocado. Huelo su sudor y su aprensión.

   —Pero, ¿qué es esto? —grita, mientras se aleja de la mesa.

   —Es lo que hago para ganarme la vida, Inspector. ¿Qué creía que pasaba con los cuerpos que me mandan todos las semanas? ¿Magia? Ahora puede ayudarme a cortar o puede tomar un aperitivo. Si no, ahí tiene la puerta.


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