Paso mi mano por el frío mármol, buscando alguna impureza que se me haya escapado. Con las yemas de los dedos palpo el rostro de piedra de la mujer, sus ojos fijados en una expresión de súplica y su boca entreabierta, como si lanzara al aire un lamento. Sigo las líneas suaves de los brazos hasta los dedos de los que, capturando el momento de la metamorfosis, van surgiendo pequeñas hojas, más finas y de bordes más rugosos que el resto del cuerpo de la escultura.

Soy meticuloso. Dedico el tiempo necesario para repasar cada centímetro de la piedra que he trabajado durante semanas; palpando y cincelando, cincelando y palpando. Realmente es imposible que haya algún fallo, pero como ya he dicho: soy meticuloso.


Continúo acariciando el mármol, apreciando los relieves de cada mechón de pelo y de cada pliegue de las ropas. Puede que esté mal que yo lo diga, pero es una verdadera obra de arte. Cada detalle, cada línea, no sólo está creada a la perfección si no también con mimo. Casi hasta me da pena tener que entregarla, pero sé que estará en un sitio a la vista del mundo entero y donde será apreciada como merece. Ese es un destino más halagador que el dejarla en este sótano húmedo por puro capricho.


Mi inspección es interrumpida cuando capto el ruido de la puerta de la calle abriéndose, seguido por unas pisadas bajando hacia mi taller. Antes de que el recién llegado hable ya le he reconocido gracias a su colonia de marca y su particular manía de girar el pomo dos veces antes de abrir una puerta.


—¡Joder, Luis! Podrías al menos dar la luz en este sitio. —Su voz suena más ronca de lo habitual, seguro que ha vuelto a fumar.


—¿Y gastar electricidad a lo tonto? —le replico—. Tienes el interruptor a tu izquierda, Román.


No contesta, pero inmediatamente después escucho un click seguido del zumbido de los halógenos.


—¡Guau! —exclama, seguido de una pequeña risa nerviosa.— He de admitir que pensé que no lo lograrías. Me alegro de haberme equivocado.


—¿Cuándo aprenderás a no dudar de mi?


Le oigo acercarse lentamente, rodear la estatua y pararse a mi lado, noto su calor corporal a escasos centímetros de mi.


—Es exactamente igual. Pensé que el jefe estaba loco cuando te encargó esto...


—¿Verdad? —me río—. ¿Quién si no un loco iba a decir que un ciego con unas cuantas impresiones 3D sería capaz de hacer esto?


—Vale... ya lo sé. Tengo que dejar de dudar de ti.


—Mi parte está hecha, pero siento curiosidad ¿Cómo pensáis sustituir la escultura original de “Apolo y Dafne” por esta sin que nadie se de cuenta? 2,43 metros de mármol son difíciles de ocultar.


—Eso es cosa nuestra, no te preocupes.


—Teniendo en cuenta que mi pago depende de vuestro éxito...


Cuando me contesta su voz tiene un claro tono de sorna:


—Viejo amigo ¿Cuándo aprenderás a no dudar de nosotros?

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