El puñetero zumbido sigue ahí. Aunque la máquina de hemodiálisis funciona, volverá estropearse. Ojalá tuviera más tiempo, pero demasiadas vidas dependen de ella. Deslizo los dedos por su superficie hasta toparme con el botón de apagado. Cada vez entiendo mejor a mamá. En este mismo taller clandestino, aprendí de ella a reparar la tecnología que Dios nos prohíbe utilizar. Hasta que Él nos encontró y dictó la sentencia que sus ángeles ejecutaron: quemarla viva. A mí, solo los ojos. 

Así es Dios. Le encantan los castigos. Y la inmortalidad en exclusiva. Por eso nos niega los recursos médicos con los que, décadas atrás, nos acercamos demasiado a ella. Solo nos quedan medicamentos improvisados y estos trastos, que se caen de viejos. Mantenerlos era la carga de mi madre. Y ahora, la mía.

Mis manos recolectan las herramientas del banco de trabajo. Guardo cada una en su sitio, sin dejar de pensar en el zumbido. La brisa que se cuela por la ventana, de pronto, apesta a tormenta. Me sobresalto cuando pican a la puerta. 

—Soy Spinoza. —¿El vecino? Si hace años que no cruzamos ni tres palabras—. Abre, Aysha, por favor.

Suena tan angustiado que obedezco sin pensar. Un estruendo a mi espalda enmascara el chirrido de la puerta, y la violenta ráfaga de viento que ha abierto de par en par la ventana me revuelve el pelo. Se me hiela la sangre al distinguir el rumor de un aleteo moribundo. 

—Tienes que irte —empujo a Spinoza—, rápido.

—No. —Me esquiva y se coloca detrás de mí.

—Spinoza dice que arreglas cosas. —Su voz es fría y neutra. 

—Te habrán ofrecido algo bueno, cabrón. —No necesito ver para saber que trae el lanzallamas. Jamás olvidaré ese olor—. Me jodería morir por nada.

—No es eso. —Spinoza me coge del brazo—. Te necesitamos.

Forcejeo mientras me arrastra hasta el ángel. Coloca mi mano sobre algo plumoso. Lo aprieto. Es más duro de lo que esperaba.  El ala responde a mi golpe seco con un crepitar metálico. Acariciándola, llego hasta la piel desnuda del ángel, llena de cicatrices irregulares y ásperas. Parece que a Dios también le gusta jugar a los médicos.

—¿Te duele? —Presiono la inflamación entre sus homóplatos.

—Siempre.

Mis dedos se hunden en su carne. Aún no se ha ganado mi piedad. 

—¿Me lo explicas, Spinoza?

—Si va por ahí con eso le encontrarán.

—Déjalo. No va a ayudarnos. —Cuando el ángel se aparta, pierdo contacto con su espalda. 

Los pasos de Spinoza le siguen y el chasquido húmedo de un beso contesta todas mis preguntas.

—¿Un ángel? ¿En serio? Y te lo has traído a mi taller.

—No conozco a nadie más capaz de hacerlo.

Arrancarle las alas a un ángel, un sueño hecho realidad. Y puede mejorar.

—El lanzallamas.

—Espada de fuego divino.

—Es un puto lanzallamas, para destruir lo que no le gusta a papaíto. Y lo quiero. 

Siempre me he preguntado si también quema ángeles, y cómo podría fabricarme uno. Un gruñido angelical después, está en mis manos.

—Date la vuelta, pajarito. Tengo que mirarte las plumas. 

—Gracias.

A vosotros, Spinoza, por darme la oportunidad de joder a Dios.


Comentarios
  • 1 comentario
  • Susana Calvo @Susana hace 20 días

    Brutal. Buenísimo, la ambientación, los personajes, el mundo quedas construido son geniales. ¡Enhorabuena!


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