La gente cree que lo sabe todo sobre mí, pero hay una cosa que desconocen: lo recuerdo todo.

Recuerdo el hacha mordiente astillando mi madera, madera de pino de más de veinte años. No tan joven como para ser apenas una amalgama de fibras y celulosa demasiado tiernas, ni tan recia como para no poder ser esculpida.

Recuerdo los traqueteos del carro de camino al taller al amanecer, envueltos en esa calidez de la mañana que se abre paso, perezosa, hasta disolver el último frío de la noche. Y cómo olvidar la primera vez que él me cogió en brazos y me llevó con delicadeza hasta su mesa de trabajo.

El desbastado fue lo primero. Aunque yo aún no conocía los nombres de las herramientas, recuerdo perfectamente que fue el pico de gorrión, como no podía ser de otra manera, el que marcó mis contornos. Golpe a golpe, apartó toda la materia sobrante hasta dejar salir mi forma definitiva. Centenares de virutas cayeron entonces, hasta que mis redondeces afloraron a la superficie. Fue como si me retiraran un pesado abrigo que nunca había necesitado, que hasta ese momento asfixiaba mi cuerpo e impedía dejar ver mi yo verdadero.

Nacer es más doloroso de lo que todo el mundo piensa. Porque vosotros, nacidos de carne, lo habéis olvidado, pero yo no. Duele pero es también liberador, telúrico y mágico.

Después vino la gubia, que se hendió en mi carne. Siempre a favor de la veta, para perfilar mis rasgos con mayor precisión. Él dedicó horas y horas hasta interpretar todas las líneas de mi ser, dar forma a todos los detalles que hasta entonces dormían en la madera. Recuerdo las caricias de las manos hábiles de mi padre. Las cosquillas chispeantes durante el lijado, la húmeda suavidad del pincel. La pintura fresca bañando mi piel.

Recuerdo también, cómo no, el calor de la magia. Ese calor hormigueante cuando ella apareció. Cómo olvidar la manera en que los latidos acelerados de mi padre reverberaron por todo el taller, contagiando de emoción cada rincón de mi alma, llenando mi corazón del anhelo de abrazarlo.

Entonces, al fin, brotó la vida en mí y trajo una cascada de sensaciones nuevas. Mi nariz pudo oler la resina y el serrín que se apilaba en cada rincón. Mis orejas, delicadamente talladas y pulidas con mimo, pudieron escuchar los sollozos de alegría que él dejaba escapar, incrédulo y feliz.

Y mis ojos pintados pudieron ver, al fin, que era un niño de madera.









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