Como. Indudablemente engullo. Con voracidad inusitada. Sin mirar a nadie. El remordimiento me corroe y deseo disimularlo lo mejor posible. Devoro cualquier manjar que caiga en mi plato. Como si fuera el último ágape de mi vida. Los demás deben estar observándome, más esquivo y taciturno que nunca. Saben que soy poco amante de las conversaciones, que prefiero escuchar antes que opinar. Por eso, nadie se molesta en sacarme de mi distracción. Ni de interrumpir mi glotonería. Aprovecho el griterío para meter mi mano en el bolsillo de la túnica. Sé que no haría falta comprobarlo pero, aun así, me cercioro que la bolsa del dinero sigue en mi poder. Si no fuera por ella, no estaría sentado en esta mesa. Sonrío con una mezcla de amargura y satisfacción. Trece monedas por un beso... ¡Jesús! ¿Quién daría más por tan poco? Solamente los romanos saben hacerlo con suma facilidad...

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