Hola cariño. Soy yo, papá. Grabo esto con la esperanza de que, en algún momento, encuentren el móvil, lo enciendan, y se envíe el mensaje. Yo lo he intentado mandar, pero el asistente dice que no hay cobertura ni datos. Siento tener que despedirme así. Solo quiero que sepas que te quiero, y pedirte perdón por lo que vas a descubrir.

Resulta que tu padre no es tan honrado como creías. Sí que es cierto que me dedico a inversiones, pero no tengo ese don que los demás creen. Cuando la gente hace negocios conmigo tiende a compadecerme, y en muchos casos hacen tratos conmigo porque yo no me ofenda. Otros lo hacen porque creen que, al no ver, puedo de alguna manera sentir las fluctuaciones de mercado. Los primeros sudan más cuando te estrechan la mano, los segundos aprietan emocionados. Así defino mi estrategia con cada cual.

A lo que me dedico es a futuros financieros, que son inversiones muy peligrosas. Es fácil perder mucho dinero con ellas. Pero el dinero que pierdo no es mío, es sobre todo de pequeños empresarios. No te voy a aburrir con palabrería técnica. En resumen, lo que hago es timarles la mayoría de las veces.

Supongo que sé donde estoy. Me desperté en el suelo. El aire está viciado y cada vez se hace más pesado. Al ayudarme del mueble donde estaba apoyado para levantarme, me corté con algo metálico y afilado, puede que una espada. La sangre chorreaba por mis dedos y, al buscar a tientas algún trapo, me topé con más metal afilado. Cubrí la herida con mi propia camisa y luego intenté llamarte. Nada. Ni mensajes, ni nada. 

Avancé a trompicones intentando encontrar una salida, con cuidado de no tropezar con nada cortante. No hubo suerte: en varios momentos choqué con pinchos y aristas. Todo aquí huele a metal cortado, a madera, cuero y betún. Cuando trago saliva es como si chupara una moneda. Hay una puerta metálica que no puedo abrir, y nadie responde a mis gritos.

Intentando encontrar otra salida palpé lo que parecía un viejo radio-cassette en mitad de una mesa, más despejada que el resto de la sala. Me puse los auriculares y reproduje la cinta. Al principio me costó reconocer la voz de aquella mujer. Los sollozos tampoco ayudaban. Pero conforme hablaba mi mente se despejó:

«Sabías que la forja era el pan de mi familia, maldito bastardo. Era todo lo que amaba Ramón, lo que le quedaba de su padre. El día que la tuvo que vender, se tiró desde la peña. Ya solo me queda mi hijo, y a ti te queda disfrutar de lo que nos has quitado. Nosotros nos iremos lejos, a intentar emprender una nueva vida. Los nuevos dueños del taller no vendrán hasta dentro de, por lo menos, dos semanas. Disfrútalo».

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