No es una gliptoteca, pero el taller de un escultor tampoco es un mal sitio para pasar la tarde.

Cuando alguien intenta ligar conmigo se extrañan de que, entre mis aficiones, incluya el arte. Seré ciega, pero no tonta. No veo sus caras, pero casi puedo oír cómo fruncen el ceño, cómo tuercen el gesto… Transcurren dos segundos incómodos hasta que mi interlocutor reacciona con más o menos ingenio.

Claro está que no puedo admirar las obras de Klimt, pero puedo deleitarme con Albinoni y Bach, ir al teatro y al cine y, de vez en cuando, dependiendo del museo, puedo tocar algunas esculturas. Una vez tanteé una copia del David. Fue una de las mejores experiencias de mi vida. Casi de manera automática, como si se tratara de una contestación resorte, la gente me suelta “Y eso que manoseaste una copia. Si llegas a estar delante del original…”.

Óscar, en lugar de salir con esa tontería, me hizo más preguntas. Cuánto tiempo estuve. Dónde fue. Qué sentí. Si podía describírselo. Imagino que por eso he venido a su taller varias veces en las últimas semanas. Por eso y porque tiene una voz rasgada que hace que me derrita, porque huele muy bien y porque, en general, sentía curiosidad. Nunca había estado en el taller de artista. O de varios artistas. Óscar lo comparte con su hermano gemelo. Benjamín es el pequeño de los dos. Odia su nombre y me rehúye. Eso lo sé. También estoy segura de que le incomoda mi presencia. Cuando llego con su hermano se hace el silencio en la sala. Benja recoge a toda prisa, tartamudea y se excusa para abandonar la estancia. Los botes de pintura chocan entre sí mientras los arrastra hacia una esquina, el olor a aguarrás se disipa y escucho el frufrú de la bata con la trabaja. Imagino que tampoco le hace gracia que tenga una llave del estudio. Óscar me la dejó para que pudiera venir en cualquier momento y palpar sus progresos sobre el mármol.

La puerta chirría y el suelo de parqué se queja con la entrada de alguien más.

—Óscar, cariño, ¿eres tú?

—Aquí estoy, Alicia. —Da un rodeo y me abraza desde la espalda. Me besa el cuello. Me río en voz alta.

—¿Hoy no viene el otro artista de la familia?

—Descuida, que mi hermano no va a hacer acto de presencia.

Despeja la mesa en la que descansan bocetos en papel y figuritas de arcilla. Estudios preliminares de obras futuras. Me arrastra hacia su lado y me sienta sobre la mesa. Nos besamos. Hace frío. Su barba de dos días me raspa, su colonia es diferente y su reloj de muñeca no es digital, sino de manecillas, con un tictac que ya había escuchado antes entre silencio y silencio incómodo.

Me dejo llevar. Después de todo, está resultando una de las mejores experiencias de mi vida. Y eso que estoy manoseando a la copia. Si llego a estar delante del original…

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