Llegó mi hora de almuerzo y mi jefe, el dueño del taller donde trabajaba, salió a comer fuera con uno de sus hermanos. El otro empleado era Alberto, un técnico muy aplicado. Cuando terminaba mi hora libre, iniciaba la de Alberto; mientras tanto, usaba su poder de concentración para continuar con sus labores.

Ese día ocurrió algo fuera de lo usual. Mientras disfrutaba de la comida, una tercera persona abrió la puerta del establecimiento con mucho cuidado. Supongo que estaba segura de lo ocupado que se encontraba Alberto, quien no se distraería por poca cosa. De todas maneras, trató de moverse sin ser vista. Por otro lado, pareció tener la certeza de que yo no podría percatarme de su presencia si no andaba con brusquedad.

La invasora cerró sigilosamente y se detuvo solo un paso después. Me entristeció que hiciera gestos de burla y desprecio con respecto a mí. A continuación, caminó despacio y se dirigió a la oficina del patrón. Una vez allí, cada movimiento me dio las pistas para saber que realizó una búsqueda exhaustiva.

Traté de alertar disimuladamente a mi compañero sin ponerle en peligro.

─ ¡Alberto!, ¿ya estás listo para comer?, siempre traes algo delicioso.

─ Tranquilo, José, es muy temprano, todavía no es la hora ─ mencionó sin darse cuenta de la situación, así que no logré mi objetivo.

A pesar de los ruidos de las herramientas de Alberto y sus movimientos, yo tenía la preparación necesaria para diferenciar cada cosa que hacía la visitante. Con el transcurrir de los minutos, fue obvio que quería el dinero que estaba en el despacho. Encontró la llave de la caja fuerte y sustrajo todo el contenido.

Hice todo lo posible para dejar mi timidez a un lado, ya que la confrontación con ella se me hacía complicada. Quizás si se trataba de otra persona, la hubiese confrontado rápidamente. Sin embargo, no me resigné a dejar el asunto hasta allí.

─ ¿Desde cuando estás autorizada para entrar aquí y abrir esa caja? ─ Inquirí con dificultad.

─ No te interesa, mejor concéntrate en tus propios problemas y déjame a mí con los míos ─ susurró mientras me daba un empujón y salía.

Cuando le conté a Alberto quedó sorprendido. Más tarde llegó el jefe y le relaté cada detalle que había percibido. No le tomó por sorpresa, pero noté en sus expresiones verbales y en el sonido de sus movimientos que tenía un problema grave. Lamento no poder hacer algo más, solo llegué hasta donde pude.

En la escuela de discapacidad visual me enseñaron bien, eso me permitió defender los intereses de mi amigo y jefe, la persona que me dio la oportunidad de trabajar con todo y mis limitaciones. Además, pude desenmascarar a su propia hija, quien lo robó a plena luz del día y tuvo que devolver todo.

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