Cagando, llorando, paseando, murmurando. No puedo ver a mis compañeros, pero los huelo, los escucho, siento su desesperación cada vez que la voz se les rompe. La esperanza poco a poco va abandonándoles, a la par que el hedor se apodera de cada rincón.

La esquina del cubo es la peor, tratamos de cubrirlo. Nadie ha entrado a limpiarlo en la semana que llevamos aquí. Me siento enferma cada vez que tengo que usarlo, al menos ninguno me ve, el pudor no es necesario.

—¿Qué quieren? —pregunta el escocés.

Me lo imagino alto, desgarbado y pelirrojo. Quisiera no recurrir a clichés, pero soy así.

—Somos un chiste, quizás —responde la mujer—. Ya sabéis. ¿Qué hacen tres ciegos en la trastienda de un taller?

Me rio sin ganas. Ella no tiene el acento marcado, así que simplemente la visualizo como a mi mujer; bajita, morena y entrada en carnes.

—No sé que quieren, pero sea lo que sea se lo doy. —Espero que estén de acuerdo, necesito que colaboren, no soporto más el olor.

—Sí, por favor. —El lloro entrecorta la voz del hombre.

Le oigo recostarse. Ninguno añadimos nada y me duermo mecida por el llanto del escocés.

Me despierta, como cada mañana, el sonido de las máquinas de coser, todo el suelo del taller vibra. Seis costureros llegan a primera hora, cuatro colonias de mujer, dos de hombre. Durante doce horas solo detienen el temblor de la aguja dos veces. Unos quince minutos a la hora de la comida, diez a media tarde. Son eficientes. El primer día, al sentirles entrar, la morena gritó, les pidió ayuda, les dijo que llamaran a la policía, que nos habíamos despertado allí encerrados. El tintineo de las agujas ni se inmutó.

Hay más pasos en el taller hoy. Unos zapatos de aguja que se paran frente a nuestra puerta y la abren. Nadie salta sobre ella, sabemos que hay dos juegos más de pisadas, dos personas grandes y contundentes detrás.

—Buenos días, señores. ¿Quieren una ducha? —El meloso tono latino me acaricia.

—Queremos salir de aquí. —El escocés se levanta y vuelca el cubo—. Podemos pagarte.

Quiero añadir algo, pero la arcada me lo impide.

—No tienen suficiente dinero. Pero estoy dispuesta a dejarles ir, si hacen una cosita de nada para nosotros.

Noto sus manos suaves apartando el pelo de mi cara, estoy sudada y a punto de vomitar.

—¿Qué quieres que hagamos? Lo haremos. —El hombre decide por las tres.

—Bueno. Solo tenéis que transportar unos paqueticos.

—Claro, quién sospecharía de unos invidentes. ¿eh? —replica la morena.

—Lo haremos. —Corto la conversación. No veo al escocés, pero sé que asienten.

Los gorilas se los llevan y la secuestradora me besa.

—Apestas, amor. —Noto como arruga los labios contra los míos—. Vamos a la ducha, la frontera aguarda.

Por supuesto, yo no tráfico con nada. Solo voy para que ellos lo hagan. Solo soy una más, lo soy desde el accidente. ¿Quién sospecharía de una invidente? Somos todos buena gente.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 1 mes

    Un relatazo, como siempre. Tiene todo lo necesario para un gran microrrelato y con creces: original, sorprendente y crudo. Enhorabuena!!


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