"Sinceramente, no creo que a nadie le interese leer el testamento de un hombre hundido. Uno más, entre tantos. Puede que incluso tú, quienquiera que estés leyendo esto, tengas tus propios problemas.

Por eso no te aburriré con detalles.

Soy un escritor fracasado de cuarenta y tantos en un trabajo que ni de lejos se llama igual que la carrera universitaria que estudié para ser alguien en la vida. Me dejé seducir por la buena pinta de mi diploma y llegué a creerme importante, alguien que lograría hacerse hueco en la historia. Supongo que fui engañado.

Seguí el camino que me recomendaron, "con el que tendrás un futuro y las lentejas calientes", lo llamaron muchos. Estudié, trabajé, empecé una familia... Y cuando me di cuenta de que solo estaba siguiendo el plan que otros habían diseñado para mí, ya no tuve fuerzas para salirme del camino.

Me harté de ver esas películas en las que el protagonista desquiciado deja su vida monótona para dar la vuelta al mundo. No... Yo no tenía valor para dejar todo atrás, por mucho que me horrorizase quedarme. Si abandonaba, ¿no sería como reconocer lo inútil de mi sacrificio?

Pensé en empezar a escribir libros enserio. Reconozco que fantaseaba con mi nombre sobre el próximo bestseller. De hecho, y recomendado por mi psicólogo, comencé algunos borradores. Llegué a sentir la chispa que pensé haber perdido, esa emoción de las pequeñas pasiones.

Después, volví a estallarme la mala suerte. Humillado por la crítica, regresé arrastrándome hacia la rutina, que me recibió como a su hijo pródigo. Todos los relatos que salían de mis manos parecían estar envenenados. Siempre había un agujero en la trama, algo que arreglar. ¿De qué otra forma podía ser, si mi propia vida estaba agujereada?

El último de los concursos al que decidí presentarme tenía una premisa deliciosamente irónica: el personaje principal tiene un único día de vida. Llegué a empezar tres novelas distintas. Tres. Ninguna lo suficientemente buena para todas esas críticas que se habían ido acumulando sobre mi autoestima. Pretendía desmontarlas todas, demostrar que se equivocaban. Una vez más, no tuve valor o no era lo suficientemente bueno.

Por eso, agotadas todas mis ideas, esta única carta será mi novela definitiva, relatada el día antes de mi suicidio. Estoy entregándole mi vida (literalmente) a los jueces de este concurso, para ver si se atreven a darle una calificación más alta que la que le pongo yo.

Hasta siempre,

C. Blanco."

Cuando Laura terminó de leer la carta, los asistentes del tanatorio guardaron silencio. Había sido irónico que Camilo hubiese dejado ese único texto como legado. Cuando había ido a entregarlo al certamen esa mañana, un coche lo había atropellado. La trama ficticia que el autor había diseñado para su relato se había tornado en realidad.

Nadie sabía si había sido un accidente o todo era producto de un elaborado plan de Camilo, excéntrico hasta la médula, para darle publicidad a su obra. Fuera como fuese, la gente acabó abandonando el velatorio. Entonces las campanas empezaron a sonar.

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