Las mentiras, al igual que las grandes avalanchas, comienzan con un pequeño copo de nieve y el tiempo es la pendiente resbaladiza que las alimenta, haciéndolas crecer de manera exponencial y volviéndolas imparables. Para Orlando García Calleja, el primer copo comenzó a deslizar inadvertido hace exactamente un año. Hoy, 13 de noviembre de 1999, se había convertido en un monstruo que amenazaba con llevarse todo por delante. Solo y asustado, Orlando recordó.

Aquel lunes lluvioso de otoño no invitaba a abandonar la cama. Telefoneó a su puesto de contable y pidió el día libre. Dolor de estómago y cansancio general. Ni siquiera era una mentira completa, ya que se esforzó por somatizar los síntomas para aliviar así su conciencia. Pasó el resto del día envuelto en su edredón, sin levantarse siquiera a comer, pegado al televisor. Podría acostumbrarse a aquello, pensó.

Al tercer día tuvo que endurecer los síntomas. Añadió náusea y diarrea. Su jefe ni se molestó en pedir los papeles de la baja. La diarrea era lo suficientemente desagradable como para seguir preguntando. Además, aquel puesto de contable pronto sería liquidado por uno de esos modernos ordenadores.

Una semana después Orlando tuvo una desagradable revelación. Nadie se había molestado en llamar a su puerta para interesarse por su estado. Fue aquel descubrimiento el germen de un pensamiento más oscuro. ¿Provocaría su muerte alguna reacción? ¿Generaría algún sentimiento de lástima, de culpa, de compasión entre alguna de sus supuestas amistades?

Tuvo que pasar un mes antes de que el pobre diablo pusiera en marcha su plan. Anunció que padecía cáncer. Fase tres. Mal pronóstico. La elección era perfecta. La enfermedad era lo suficientemente grave como para llamar la atención, pero no tan limitante como para impedirle hacer cuanto quisiera. Si quería soledad, utilizaba las sesiones de quimio de excusa, y si quería atención, siempre había alguien deseoso de proporcionársela.

Aquella primavera fue la mejor de su vida. Reconectó con su ex mujer, con antiguos amigos ignorados durante años. Abusó de su condición de enfermo para monopolizar la conversación y el cariño y justificar sus cambios de humor y malas formas. Poco a poco, Orlando se fue mudando de piel, metiéndose en la del personaje que había creado. Llegó a creer en su propia enfermedad y su propia muerte, tanto como para dilapidar un préstamo astronómico que jamás pensaba devolver.

Pero lo mejor de todo fue la redacción de su propia esquela. ¡Qué lujo! Poder escuchar, agazapado en la trastienda de la funeraria, los lamentos de todos aquellos estúpidos ignorantes.

Orlando comprendió entonces que sólo quedaba un cabo suelto. La última pieza del puzle. Se trataba de aquel ataúd huérfano de cuerpo que solo su carne podría rellenar. Abrumado, descubrió que la única salida era recostarse en aquel cajón de madera y tragar el cóctel de pastillas que semanas atrás había preparado. Miró al cielo gris de aquel 13 de noviembre con lágrimas en los ojos. Se santiguó. Entonces las campanas empezaron a sonar.



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