Ya no había nada que hacer, era mi último día. Lloraba sentada en el campanario de la iglesia abandonada y tan lejos del núcleo habitado de la ciudad. Mi refugio de niña solitaria y mi laboratorio particular conectado a la central nuclear.

De pequeña no quería morirme, no entraba en mis planes y en los de mi madre tampoco. Decía que mi corazón era de titanio y que no podía romperse aunque me pasara la vida en hospitales, un cuento precioso. Apenas tengo recuerdos, las batas blancas, los electrodos, los monitores, el dulce sueño de la anestesia. No había explicaciones y siempre recibía la misma respuesta. «Sigues viva. Eres luz y esperanza». Mi madre se emocionaba al decirlo. Y yo sentía que era inmortal.

En los momentos más señalados mi piel brillaba y cegaba a quienes me rodeaban, no podía controlarlo. Era tan especial, nadie tenía este poder. A veces levantaba los brazos diciendo payasadas como si fuera un mesías y mi madre reía, siempre tan pendiente. 

Me hubiese gustado ser doctora, pero me gradué en física nuclear por agradar a mamá. Por desgracia, mi destino estuvo marcado por el Pulso Electromagnético y el Gran Apagón. Quedamos sumidos en una Edad Media distópica, llena de chismes que ya no funcionaban. Solo se encendían si yo los tocaba, pero era agotador. El mundo quedó reducido a una ciudad y unos pocos cientos de seres humanos. Cansada de poner parches energéticos, el Gran Consejo decidió que mi papel debía centrarse en mantener la central nuclear. Aquellos hombres guiaban mi vida como cuando me conducían por los pasillos del hospital. Eran los mismos y el puzle iba encajando en mi mente. Mi destino estaba escrito, pero yo tenía la última palabra.

«Eres inmortal de verdad», me dijo mi madre aquella tarde. «Eres el fruto de una genética buscada y el éxito de un experimento que dejó muertos y aberraciones por el camino. Te quiero como a la hija que creé, pero también como a la esperanza para la Humanidad que eres».

Corrí, lloré, era una esclava inmortal destinada a mantener con vida un reducto de seres humanos mientras buscaban alternativas. Era el generador de energía radiactiva con mil megatones nucleares dentro y «un corazón gigante» añadió mi madre.

El Gran Apagón fue una previsión acertada, pero las grandes empresas eran incontrolables. Por ello se eligió a un grupo de científicos destinados a buscar soluciones de emergencia, mucho antes del desastre. Lo llamaron proyecto Luz de Luna, una fuente de energía infinita que se autorregeneraba, es decir, yo.

Y allí estaba repasando las fórmulas y las conexiones entre la iglesia y la central nuclear inservible a la que daba vida con mi cuerpo cada día.

¿Y se lo merecían? Sí, mi madre y el resto también, pero yo no quería esa vida. Según mis cálculos, con mi suicidio se liberaría una energía que bien canalizada les daría cincuenta años de energía. Me tiré al vacío e hice funcionar mi último capricho y entonces las campanas empezaron a sonar.

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