Jamás me había imaginado que me enfrentaría al último día de mi vida de forma consciente. Pensamos que viviremos nuestra vida sin saber en qué momento nos llegará el final y eso nos sumerge en una falsa pero placentera de sensación similar a flotar por una superficie inestable. Nadie te prepara para esto.

Todos en la aldea lo sabíamos. Intuíamos desde hacía tiempo que el final estaba cerca, pero la certidumbre fue creciendo a medida que pasaban los días y las señales fueron dibujándose en el cielo. Ese cielo que tantas bendiciones nos había proporcionado hasta ahora en forma de lluvias y de luz radiante. Ahora se encontraba apagado, ensombrecido y lo peor de todo, en silencio. Ya no nos podíamos comunicar con las estrellas, como si el hilo que nos conectaba se hubiera roto y ellas vibraran en otra frecuencia que no podíamos llegar a percibir.

El Consejo Anciano concluyó que no podía tratarse de otra cosa más que la acción de los beligerantes vecinos del planeta Tuhxxur. Habían incumplido el acuerdo de paz que se remontaba 3000 años atrás y se disponían a hacer saltar por los aires todo lo que habíamos construido en este tiempo. La cuestión no era qué, sino cuándo. Y la fecha apuntaba a aquel día.

Un día que podía haber comenzado como otro cualquiera, cada uno con sus quehaceres si no fuera por la inminencia del fin. El presentimiento de que aquella sería la última vez que vería los campos de mi amado hogar, que sería la última vez que besaría a Iheth o que el sonido de los qegs no volvería a llenar el aire con su música frente a los fuegos nocturnos.

Nadie te prepara para que todo desaparezca. En pocas horas todo aquello que amaba iba a ser arrasado, pulverizado, reducido a una simple mota de polvo.

Aun así, creo que lo que más me inquietaba es la duda de qué vendría después ¿qué se contaría de nosotros? ¿que fuimos un pueblo que no supo defenderse o que no quiso levantarse en armas? Y sobre todo tenía miedo del olvido, que nada de este bello mundo quedara en pie ni siquiera en la memoria, pues no quedaría nadie para recordarnos.

Pensaba en la proximidad de la fulminante fatalidad, solo nos restaba aguardar la señal que nos indicara el inicio del fin.

Temblando ante tal desasosiego me acurruqué por última vez en la cabaña junto a mi familia esperando la aniquilación.

Entonces las campanas empezaron a sonar.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 1 mes

    Una idea interesante, quizás me falta un poco más de comprensión de por qué ahora ese ataque y cómo es posible que se firmase esa tregua y se mantuviese durante 3000 años, siendo tan belicosos los otros.
    De todas formas a mi me parece que en ningún caso un 2 , ni remotamente. Es una locura. Si he visto textos mal redactados con más nota que un 2. En fin. Supongo que te ha pasado como a los protagonistas de tu historia, ha venido uno de Tuhxxur a dar la nota. ;)


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