Ada Elizabeth Lockwood se acercó a la ventana de su celda y apoyó la frente en los gruesos barrotes de hierro. Los primeros rayos de sol asomaban por el horizonte, iluminando los tejados de las casas. El campanario, que tantas veces había dado la voz de alarma en los últimos meses, advirtiendo de la llegada de su banda, permanecía ahora en un silencio apacible. Frente a la iglesia, en el centro de la plaza, se alzaba el patíbulo. La soga de la que al día siguiente habría de colgar su cuerpo inerte se mecía ligeramente por el viento.

—¿Acaso tienes la esperanza de que vengan a por ti? —preguntó el sheriff, antes de dar un sorbo a su café.

Ada no respondió.

—¿Por qué iban a hacerlo, eh? —insistió él—. No eres más que una niña rica que tuvo mala suerte. No te deben nada.

—Usted no lo entendería. —Se apartó de la ventana y se dejó caer despreocupadamente sobre el viejo catre, con las manos detrás de la nuca—. Somos una familia.

El sheriff soltó una carcajada y se marchó. Ada maldijo para sus adentros al darse cuenta de que su actitud confiada no había resultado convincente. No dudaba de la lealtad de los suyos pero sabía que un rescate exitoso era casi imposible. Y aunque lograsen sacarla de allí con vida, seguro que muchos de ellos perderían la suya. Debían saber que ella nunca querría pagar ese precio.

El día transcurrió con la insoportable lentitud que provoca la incertidumbre y lo mismo ocurrió con la noche. Sin embargo, a la mañana siguiente, sus temores se desvanecieron. Parecía que sus compañeros habían decidido no hacer ninguna locura, después de todo.

Poco a poco la plaza se fue llenando de gente y en menos de una hora el sheriff se presentó con dos agentes para escoltarla hasta el cadalso.

Hacía fresco. Ada subió los escalones de la plataforma con paso firme y una sonrisa en los labios. No dejaría que la viesen asustada. El magistrado leyó en voz alta los cargos contra ella y le preguntó si tenía unas últimas palabras.

—Sí, señoría. Quiero decir que lo he pasado muy bien asaltando este pueblo y que no me arrepiento en absoluto de mis actos. —Un murmullo de asombro y desaprobación se levantó entre los asistentes—. ¿Qué esperaban? —añadió ella con aparente sorpresa—. ¿Creían que me sabría mal robar a mis antiguos vecinos, que le dieron la espalda a mi familia cuando se arruinó? ¿A los que dejaron que me quedase en la calle cuando mis padres murieron? —Movió la cabeza con desprecio—. Volvería a hacerlo mil veces. Y espero que, tras mi muerte, mis compañeros continúen atormentándolos en mi nombre.

El magistrado miró al sheriff, boquiabierto, y este le hizo una señal afirmativa. Colocaron la soga alrededor del cuello de Ada y ella, pese a su sonrisa infame, no pudo evitar que se le escapase una lágrima. Entonces las campanas empezaron a sonar.

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