«El tiempo es algo curioso, Nora. Una hemorragia que se derrama entre los dedos. Incontenible. Y, en cierto sentido, liberadora. Como esa pérdida de sangre que deja la cabeza ligera. Sin embargo, cada segundo de cada instante puede dividirse en un sinfín de fragmentos, del mismo modo que cada adoquín de la plaza en la que nos conocimos podría deshacerse en infinitas motas de polvo.

El infinito contenido en lo limitado. ¿Podría ser ese el secreto de la eternidad?

Lo siento. Supongo que estas no son las últimas palabras más apropiadas. Cuando esta carta llegue a ti, lo único que quedará de mí serán cenizas y recuerdos, y debería intentar darte algo de consuelo. Pero es difícil.

Nací con los días contados. Como todos, pensarás, pero en mi caso es algo más literal. Desconozco a qué dios o demonio ofendieron mis ancestros para que decidiese maldecir a los primogénitos de muestro linaje, pero es así, y en todos mis viajes no he logrado descubrir cómo deshacerla. La marca de la hiedra que se extiende por mi brazo ha llegado a mi corazón y pronto lo detendrá.

Debería habértelo dicho. Quizás me pudo la avaricia. Se me concedieron treinta años, treinta años en los que no podía enfermar o morir para luego arrebatármelo todo, y no quise desperdiciar un solo momento. Quería que todas nuestras infinitas, efímeras eternidades estuviesen llenas de luz, de sonrisas. Creí que así podría irme en paz y, sin embargo, me duele el alma por todos los recuerdos que nunca hicimos y el dolor que voy a causarte.

Mañana al atardecer habrá acabado todo. Me gustaría haber podido darte esta última semana que me quedaba como fantasma corpóreo, pero no soy más que un cobarde con ínfulas de aventurero, Nora, esa es la verdad. Por eso me marché y vine aquí, a la plaza en la que todo empezó; todo lo que me importa, al menos. Dejaré este día a revisitar la calle donde crecían las hortensias azules que tanto te gustan, la playa en la que me besaste por primera vez y la escalinata de la catedral, donde hablaste de casarte conmigo y yo asentí, a sabiendas de que no llegaría a cumplirse.

Ahora veo lo cruel que fui. Que soy.

Tu padre tenía razón al decirte que me olvidases y te casaras con Aidan.

Por suerte para ti, aún tienes tiempo de aprender, de sanar y de seguir viviendo. Te deseo toda la felicidad del mundo, porque lo mereces.

Siempre tuyo, Loick.»

En cuanto acabó, el peso de sus palabras le hundió los hombros. Qué estrafalario y triste debía de verse, escribiendo su despedida en aquella escalinata a la luz del candil.

Con cuidado dobló la carta y se la entregó a su silencioso testigo.

—Cuida de ella, Aidan.

El hombre frunció los labios, le devolvió un asentimiento seco y subió a su caballo.

El sonido de los cascos sobre el empedrado se fue perdiendo entre las calles. Entonces las campanas empezaron a sonar.

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