Las campanas indicaban el final. Así había sido siempre, o al menos eso me habían repetido desde niña. Un miedo que nos inculcaban desde que teníamos memoria y que con el paso de las estaciones se tornaba en respeto hacia la figura del chamán, el portador de las campanas, el anunciante de la muerte.

Obligado a ocultar el rostro desde que su predecesor lo seleccionaba, era el encargado de alertar a todos de cuando un cazador ya no poseía la destreza propia de la juventud, lo que lo condenaba a una muerte prematura para liberar a la tribu de los miembros más débiles y controlar el número de bocas a alimentar.

Así ha sido siempre. Me repito mientras me acerco al grupo de caza. Los más jóvenes se apartan, pues huelen la muerte acechándome. Y así es. A varios pies de distancia, el chamán me observa apoyado en su cayado-amuleto del que penden las tres campanas que anuncian el último día de vida de los cazadores condenados.

Busco a Kra y me acerco a él para librarme del peso de la mirada del chamán. Él asiente con la cabeza al verme y permanecemos en silencio mientras el jefe detalla la zona de caza. Cuando termina, reparten las lanzas. Es entonces cuando Kra se vuelve hacia mí.

—Una caza más, Era —me dice mientras agarra mi antebrazo con la mano.

—Una caza más —respondo devolviéndole el apretón.

Es lo máximo a lo que podemos aspirar y ambos lo sabemos. Lo sabemos desde que los reflejos blancos coparon nuestros cabellos, desde que nuestros compañeros de infancia sucumbieron a causa de enfermedades, accidentes o las propias campanas.

El grupo se dispersa, corriendo por diferentes sendas en busca de los venados que nos proporcionarán sustento por un par de soles más. Yo avanzo unos pasos por delante de Kra. Siempre he sido más rápida que él, aunque él posee mayor musculatura, en parte gracias a las raciones extra de comida que le brindan sus hijos. Yo elegí la caza frente a un vientre abultado.

Diviso un grupo de venados entre las hileras de árboles y los señalo con la lanza. Nos ladeamos para ponernos contra el viento y seguimos avanzando. Descubren nuestra presencia demasiado tarde. Arrojo la lanza con todas mis fuerzas y atravieso mi presa. Grito de júbilo y busco a Kra, que se encuentra a una veintena de pasos tras de mí, rodillas hincadas en el suelo y la lanza partida por la mitad en sus manos.

Maldigo porque sé lo que va a ocurrir a continuación.

Corro hacia él sin pensarlo mientras busco entre los árboles una silueta que no tardará en aparecer. Lo ayudo a levantarse y consigo que, tras varios tropiezos, llegue hasta el venado abatido. Coloco sus manos sobre mi lanza, ahora suya. Él me mira con lágrimas en los ojos mientras ve como me tiro al suelo sobre los restos de su lanza, ahora mía.

Entonces las campanas empezaron a sonar.

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