—Hoy te dan puerta, cabronazo.
—A la mierda, bola de sebo.
—Jódete, que te van a cortar los huevos.

“Shame” Embury seguía oyendo sus gritos, y tenían razón. Pero no sabían cuánta, ni de qué manera. Porque sí, aquel era el día de su ajusticiamiento. Sería ejecutado en la silla eléctrica a las doce de la noche, en cuanto se escucharan los toques de las campanas de la cercana Iglesia de West Herbert. Todavía caminaba, o más bien arrastraba, su mórbido cuerpo, pero a todos los efectos ya lo consideraban hombre muerto. Hoy llegaría su final. O al menos eso pensaban todos.

A menudo los habitantes del corredor de la muerte se consumían y quedaban convertidos en cadáveres vivientes mucho antes de subir a la silla. Todo lo contrario que Embury, que había duplicado su peso en los diez años que llevaba recluido, pese a la alimentación más bien escasa que le proporcionaban. Se pasaba los días acostado, murmurando rezos, esperando. Y engordando. Hasta que, al fin, había llegado la hora.

Mientras le ataban fuertemente a la silla donde iban a terminar con su vida, rememoraba su periplo hasta que dio con sus huesos en prisión. Su evolución desde un simple estudiante más de teología, que descubrió saberes mucho más antiguos y prohibidos de los que el común de los mortales se atrevía a soñar. Ahondar en conocimientos más profundos y arcanos, unirse a la logia del crepúsculo quitinoso, y ascender en la orden a base de ser el más consagrado, abnegado y despiadado de todos sus acólitos.

Memorizó el libro arcano de Eibon, lo que le permitió, tras rituales perversos en que varias adolescentes fueron sacrificadas, atisbar el semblante lejano del Dios Exterior Ghroth, y entrar en contacto con los Shen, moradores insectoides de la distante Shaggai, de mortíferas alas zumbantes y blindadas patas tentaculares.

Le capturaron justo tras finalizar el ritual definitivo donde fueron degollados todos los demás miembros de la secta. Por su propia mano, que seguía sosteniendo el curvado cuchillo ceremonial que acabó siendo solo una prueba más de las muchas que sellaron su inevitable condena de muerte.

Que estaba a punto de acontecer, pues el segundero recorría el ya sucinto intervalo hasta la hora señalada. Embury permanecía tranquilo mientras los electrodos metálicos oprimían su rapada cabeza. Porque sabía que su cadáver no sería devorado por gusanos provenientes de huevos de mosca. No era grasa lo que hinchaba su piel. Eran miles de huevos que habían medrado en su interior durante estos largos años, transferidos a su interior gracias a aquel último sacrificio. Toda una generación de incontables Shen que habían crecido y madurado en su interior, y a los que solo faltaba eclosionar para arrasar por siempre la faz de esta tierra, tal como habían hecho antes en tantos otros mundos. Solo necesitaban energía suficiente.

Como la que iba a atravesar su cuerpo. Un cuerpo que ahora era una puerta. Al apocalipsis.

Entonces las campanas empezaron a sonar.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 6 meses

    En lo que llevo de Literup ya te he puesto un 9 y un 10, y sin saber quien eras... va a ser que me gusta lo que escribes XD


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