«Tienes hasta las campanadas», se recordó.

Corría por la avenida principal mientras se maldecía a sí mismo. Había ignorado los consejos de la agencia, sorteado todas las medidas de seguridad y seguido sus propios deseos. Y ahora se encontraba en una situación crítica.

«No salga del itinerario. No entable contacto con nadie. No interrumpa ninguna acción». Tres normas básicas, sencillas de seguir, simples. Tres normas que se había saltado a la torera a pesar de saber las consecuencias. La agencia era muy meticulosa pero podía haber accidentes. Cosas insignificantes: una linea de diálogo muerta o un coche atravesando una pared. Pero aquello era grave. «Muy grave», se dijo. El volcado de consciencia era ilegal. Al menos de momento. Otorgaba una inmersión total pero era una fase alpha. Seguía en desarrollo porque era inestable y él lo había empeorado.

Chocó contra un personaje no jugable y cayó al suelo. Aquello no pasaba en el modo normal, pero no estaba en él. Había accedido a un sistema que no debía. Había volcado todo su ser allí dentro: emociones, sensaciones, miedos. Se había encerrado a sí mismo. Imaginaba su cuerpo en el arnés, con el casco de realidad virtual puesto, innerte. Tenía que llegar al puerto antes de la última campanada o el sistema se reiniciaría. Una medida de seguridad para evitar que los daños de los viajeros escalasen con el paso de los días. Todo volvería a empezar y, lo que no perteneciera a la simulación inicial sería eliminado. Eso incluía su conciencia. Esquivó un par de coches y saltó por encima de otro. La gente lo ignoraba. Los demás viajeros le señalaban. Las cámaras le observaban. Desde la central no podían saber si era un viajero o un error. Solo podían estudiarlo, evaluar daños y reiniciar todo a la hora indicada. Lo sabía porque era una de sus tareas. Pero había decidido probar y, ahora, se le acababa el tiempo.

Frente a él se materializó la imagen de una mujer que lo frenó en seco. Tal y como la recordaba. Sin un detalle mal diseñado, sin un error. Con su vestido azul cielo y un estampado de margaritas, como el día que comenzaron a salir.

—Hola, cielo —saludó. Incluso la voz era perfecta—. ¿Te apetece un helado? Me muero por uno de chocolate y menta.

Sacudió la cabeza y la esquivó. «No es real».

—¡Deja de beber! —gritó y él se giró. Llevaba los vaqueros largos y la chaqueta de cuero de esa noche—. ¡Estás borracho! Quiero irme a casa.

Corrió. El puerto estaba a pocas calles. Podía conseguirlo.

En el cruce se materializó un coche volcado, humeante, con las luces puestas y la bocina enganchada. Resbaló al reconocerlo y cayó al suelo de rodillas. El coche que ella conducía. Las sirenas llenaron el aire y vio la camilla con su cuerpo. Rompió a llorar. Él lo había provocado. Él la había matado. Y el dolor de esos días regresó junto con la culpa.

Entonces las campanas empezaron a sonar.

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