Gente de todas partes quiso oír esta historia, pero hoy, hijo, es solo para ti.

Mala es la curiosidad, malos los tiempos que corren, por eso es momento de leerme con atención. Me duele que este cuento te llegue tan tarde, pero es mi deseo que viva en ti.

Retiene mi corazón el boceto de tu sonrisa, y con él quiero poner el punto final. Mañana será un día de los que inician vidas nuevas. Me temo que en esa vida, esta historia formará parte de ti.

Llevarán mis palabras la verdad, así que recuerda que la verdad siempre se escribe con mayúscula; he aquí el último cuento que podré narrar:

Lejos, muy lejos, en el país de los secretos, vivía un viejo girasol. Se decía de él que conocía el secreto para vencer a la noche; sin embargo, ya marchito, apenas tendría ocasión de llevar a cabo su plan. Fuerte debía permanecer su corazón si quería salvar a los suyos, pues ya flaqueaba; pero no podía marcharse sabiendo que los campos anhelaban los rayos del sol y que solo él sabía cómo evitar perderlos cada atardecer. Llama ardiente es el amor por la vida cuando cae la sombra sobre aquellos que no la merecen, por ello debía enfrentarse a aquello que tanto temía.

A pesar de sus miedos, el girasol, ya moribundo, tuvo la idea de tentar a la noche con contarle su secreto. La noche, que hasta entonces se había creído inmortal, ansiando conocer el modo en que se le podría derrotar, se detuvo a escuchar. Guardia secreta de verdades, curiosa y acaparadora de todo lo que la luz arroja, aguardó con recelo las confesiones de la flor.

Al ver su interés atrapado, el girasol extendió sus crípticas palabras, y la noche, deseosa cada vez más de conocer el significado de lo que oía, tarde se dio cuenta de la argucia del girasol.

—¡Alba sigilosa, cazadora de rezagados, atrás!

En guardia se puso la noche, mas el girasol había obrado su truco y los rayos del sol ya apuñalaban a su rival sin haberle dado tiempo, como cada mañana, a escapar.

La noche, rasgada y herida, corrió por los campos, buscando refugio en un templo cercano —¡ay humanos, malignos aliados con sus edificios huecos, altas torres y oscuras salas!—, mas la tierra estaba sembrada de raíces que entorpecían su avance, haciéndole tropezar y caer antes de lograr alcanzar los portones de una iglesia aún dormida. Plaza fuerte de nadie —mas que de la vida—, los campos y bosques sedientos de luz se habían revelado.

—¡Escóndete del sol si puedes! —gritó el girasol riendo.

Hasta el extremo del campo consiguió arrastrarse la noche, sin embargo, el sol ya se alzaba y el anhelo de la noche por conocer los entresijos de su derrota le había llevado hasta la misma; no llegaron sus dedos negros a alcanzar su escondite, los portones de la iglesia quedaron imperturbados; el día llegó.

Entonces las campanas empezaron a sonar.




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