Cuando naces pobre en un pueblo perdido de la Costa da Morte solo puedes hacer dos cosas: dejarte llevar por un destino ya escrito o escribir tu propia historia. Nunca fui de los que se conforman. A los diecisiete abandoné la aldea y me embarqué en un barco negrero. Los escrúpulos no eran buenos compañeros de viaje y opté por abandonarlos al mismo tiempo que dejaba atrás mis orígenes: aprovecharía al vuelo las oportunidades que se me presentaran.

Todo empezó cuando regresábamos de Río de Janeiro, se me ocurrió que podía hacerme con el barco y así lo hice, capitaneando a aquellos que quisieron seguirme. A los demás los pasamos a cuchillo y los tiramos al mar. Fue fácil. Pintamos el barco de negro y le cambiamos el nombre. El resto fue más de lo mismo: sangre, muerte y suculentas ganancias. Ningún barco se nos resistió en las costas atlánticas desde Galicia hasta África pasando por Brasil. Nos ganamos una fama merecida y temida a partes iguales.

Jamás regresé a mi pueblo. Ni siquiera quise presumir de mi nueva posición. La verdad es que cuando salí de allí me prometí regresar solo con los pies por delante.

—¡Ja, ja, ja! —ríe con estridencia mi interlocutor.

«Pensándolo bien, tiene su gracia», pienso, aunque prefiero seguir recordando mis hazañas y presumiendo de ellas. Ninguno de los que están aquí me llega a la suela de los zapatos, salvo mis fieles hombres que me siguen hasta el fin del mundo, nunca mejor dicho.

—¿Y cómo has acabado aquí? —pregunta mi compañero—. Tú, que eres tan grande.

—La mala suerte… O la torpeza —le contesto—. Puede que ambas. Después de todo quizá el destino tenga su propio camino y no podamos hacer nada para cambiarlo.

¡Qué mala suerte la de aquel día! Recuerdo lo estúpidos que fuimos. Nos equivocamos tanto... Fue algo tan impropio de unos avezados marineros como nosotros, acostumbrados a surcar los mares del uno al otro confín. Pero sucedió, equivocamos un faro con otro y perdimos nuestro amado barco, testigo de todas nuestras hazañas. 

Se me ilumina el rostro pensando en el botín que portábamos. Pasamos una noche horrible, sin pegar ojo, pero valió la pena. Dejamos nuestras ganancias a buen recaudo. Y ahora ya nadie las encontrará nunca. ¡Mi última victoria! Estoy bien seguro de que mis hombres no han dicho nada, los adiestré bien.

Tras un sonar de goznes oxidados se abre la puerta.

—Es la hora —dice el primero de los guardias mirándome a los ojos.

Me levanto y digo:

—¡Adiós a todos, pronto nos veremos!

Nadie responde. Mantienen la cabeza gacha con los ojos fijos en el suelo.

«Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela…», canturreo camino del cadalso. Entonces las campanas empiezan a sonar. 

    


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