Vivo en un lugar extraño. En una reconstrucción imperfecta de un mundo de Gaudí. Curvas, colores, subidas y bajadas de Escher que me atrapan al pasear.

Hace un año morí y hoy volveré a morir.

Camino por una calle parecida a la mía, pero más larga, inexacta como mi recuerdo. Normalmente no querría pensar, me limitaría a vagar sin rumbo fijo, caminar recto para acabar en el punto de partida. Nunca miro las superficies reflectantes; espejos, ventanas, pequeños charcos que salpican el asfalto y la acera. No lo hago, no muestran mi rostro, no. Aquí son ventanas, atisbos de la realidad a la que ya hace mucho que no intento volver.

Anoche descansaba la azotea del edificio más alto de esta maldita ciudad y la sentí. Era Odisea, mi perra. La única tan pura que logra cruzar a verme. Me buscaba correteando por las calles, olisqueando, moviendo su rabito negro sin entender nada y entendiéndolo todo. Salté del edificio y caí a su lado. No podría describir la felicidad que sentí al acariciarla, al notar en mis manos su hocico frío. La miré a los ojos y el reflejo de la realidad me atrapó.

Seguía en la cama y una máquina respiraba por mí. Mamá sostenía mi mano sin dejar de llorar, papá, que siempre era fuerte parecía agotado, acariciaba distraído a Odi que dormía a mis pies. Vi, también, al que habría sido mi marido de rodillas, hablándome al oído, pidiéndome perdón. Me iban a desconectar.

Hoy van a acabar con mi sufrimiento, con el eco que soy y que ellos no logran oír. Me doy cuenta de mi error, he desperdiciado mi día y ya apenas quedan unos minutos. Creo que me ha costado demasiado decidir que hacer con mis últimos latidos. Dirigirme al único lugar en el que no he estado de toda esta insoportable ciudad.

Corro por una calle parecida a la mía, pero más larga, inexacta como mi memoria. Normalmente no querría recordar, pero la última vez que estuve aquí iba de blanco, de princesa, hacia el altar. Llego a la escalinata, aquel día nunca llegué a entrar.

Me bajé del coche y la fotógrafa disparó, una, dos, mil fotos quizás. Subí los peldaños poco a poco, como hago ahora. Las campanas empezaron a sonar y mi mundo explotó. Mi vestido ya no era blanco sino rojo, empapado de mi sangre y el asfalto y las piedras y el coche y yo no entendía nada, me apagaba y yo solo quería levantarme y entrar y decir que sí y casarme y vivir. Yo quería ser feliz.

Y estoy o estaba llorando parada frente a la puerta entreabierta, una que nunca he cruzado y que sin ser reflectante me mostraba a un perro negro a los pies de la puerta de una habitación de hospital. A unos padres que lloran y un amante que me besa. A un médico que retira el respirador y me desconecta y entonces, entonces las campanas empezaron a sonar.

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