«No estás sola, Jon.»

El corazón te vuelve a dar un vuelco. Las yemas de los dedos recorren los surcos nuevos en la corteza. Como si pudieras conectar con el filo que los ha tallado y con la mano que lo empuña. En los escombros del fin del mundo se ha prendido una pequeña llama de esperanza y no sabes qué hacer con ese calor.

Eres una persona disciplinada. Cuando decidiste que la mejor opción era estar sola, tuviste claro lo importantes que eran las rutinas. Primero aseguraste el refugio y luego empezaste con otros proyectos. El huerto fue el más ambicioso, y pensar que cuando tenías casa se te morían hasta los cactus. Has aprendido mucho desde entonces. Después del huerto y haber explorado los alrededores, tallaste tu mensaje al mundo en un tronco caído. El Gran Hito. Eras como uno de esos personajes de novela distópica que, aún a riesgo de caer en manos del régimen totalitario, emite incansable su mensaje de esperanza en la radio. Una mueca extraña arruga tu rostro; no hizo falta ningún dictador para detonar la bomba que la humanidad había construido. Cuando te pusiste a tallar, hacía ya años que no encontrabas rastro alguno de personas vivas, pero… ¿no es siempre ingenuo el acto literario? Germinar conexiones que superen incluso la barrera del tiempo o, como en tu caso, de la extinción. O tal vez querías distraerte de la soledad y sentir que algo de lo que hicieras importa. El caso es que ahora tu mensaje ha obtenido respuesta y tú no sabes cómo reaccionar.

Das un par de rodeos antes de ir a tu refugio, por lo que pudiera pasar. Miras tus pertenencias: pedernal, un cuchillo, algo de ropa y un saco de dormir. Con lo que tú has sido… y te has vuelto más minimalista que Marie Kondo. Ver todo como algo provisional te distrae del hecho de que esa es tu vida ahora, pero con el último giro en los acontecimientos, tal vez no tenga que ser así. Tu instinto grita «precaución» y la soledad te desgarra desde dentro. Difícil tomar una decisión cuando conoces los peligros de estar con gente y la locura a la que te conduce la soledad. Hubo un tiempo en el que te desesperaban las calles atestadas y ahora darías cualquier cosa por encajarte en un vagón de metro abarrotado. Te decides. Harás un regalo, pero no tienes ni idea de qué se regala cuando el mundo se ha acabado. En la larga vigilia que te atenaza esta noche se te ocurre una idea. Por la mañana te diriges al este y llegas a uno de tus primeros refugios.

De lo que ardió no quedan ni las cenizas, pero tú recuerdas lo que se ha quemado. Aprendiste rápido a dejar de cuestionarte cosas, pero hay una pregunta que todavía reverbera en tu cabeza: ¿Habría cambiado algo generar conciencia de los suicidios en masa a tiempo? Cuánto dolor se ha silenciado en nombre de la paz social. Vivíais en un equilibrio tan frágil que cualquier cosa podría romperlo y al final fue ese silencio el que selló vuestros destinos. La escalada fue rápida y la destrucción total. En medio de la desesperación, quienes todavía podían tomar decisiones, eligieron el único camino que conocían. Primero, trataron de barrer bajo la alfombra una crisis que exigía medidas. Cuando el secreto a gritos no pudo ignorarse más, comenzaron a buscar culpables y el clima crispado fue el caldo de cultivo perfecto para poner sobre la mesa el botón rojo, los botones rojos. Una vez borrados del mapa los núcleos urbanos, fue una cuestión de tiempo que la civilización se evaporase como una gota de agua en una tarde de verano. Al principio buscaste más supervivientes, os agrupabáis. Por un tiempo funcionaba, aunque ya todas estabáis infectadas con una enfermedad para la que nadie tenía cura y ver los síntomas en otra gente aceleraba más la caída del resto. Lo que más te afectaba no era lo dura que era la vida, tener que luchar por cada bocado cada día, el miedo o la incertidumbre. Lo peor era la certeza de que antes o después te tocaría a ti. Desarrollastéis un código de conducta: si alguien sucumbía, se exiliaba en silencio. Cada vez que alguien faltaba, estaba claro que, en el marcador final, la plaga había ganado otro punto más. El primer invierno perdistéis a mucha gente, fue el más duro. Las supervivientes tendían a no aguantar mucho, por eso no te encariñabas con nadie. Te resultó imposible no hacerlo con Alex. Su ánimo parecía no decaer ante nada y era la ingenuidad pura, no te explicabas cómo había podido sobrevivir tantos meses. Parecía el antídoto contra todo lo que estaba mal en el mundo. Pronto decidiste que sería tu compañera para todas las incursiones. Aunque recorrieráis paisajes postapocalípticos, caminar con ella te hacía olvidar el mundo. Vuestros paseos eran una burbuja en la que todavía había una oportunidad. Hasta que en una de las exploraciones os encontrastéis con otro grupo. Se rió de tus precauciones y no se camufló como tú fuera del camino. Al principio los tres desconocidos te parecieron inofensivos. No sabrías decir en qué momento se torció la cosa, pero se torció mucho. Volaste hacia el campamento para volver con ayuda, pero a la vuelta te diste cuenta de que era demasiado tarde y te limitaste a recoger los pedazos de quien se había convertido en una hermana para ti. Su silencio te asfixiaba y la culpa no te dejaba a solas ni un momento. Cuando desapareció te pusiste en marcha en seguida. Seguiste su rastro con la esperanza de llegar a tiempo. Pero, de nuevo, era demasiado tarde para salvarla. Había dejado su ropa doblada debajo de una piedra antes de saltar. Las noches siguientes la imagen de su cuerpo desnudo cayendo al vacío desgarraba tu mente. Y entonces te fuiste para no volver.

Te sacudes los recuerdos, tomas lo que has decidido es el regalo perfecto y te pones en camino para que la noche no te sorprenda rodeada de aquellos fantasmas. Llegas a tu cueva entrada ya la noche, agotada, pese a lo que terminas de preparar tu ofrenda para el día siguiente. Dejas el paquete delante del hito, te agazapas entre unos matorrales y esperas.

En cuanto ves su cara, tus tripas alcanzan el punto de ebullición. El único ser humano que puede hacerte compañía y tenía que ser ese hijo de puta. Si esto es karma debes haberla cagado mucho. Tus dedos juegan con la empuñadura del cuchillo. Te juraste que aquel cerdo pagaría por lo que hizo, uno de tres es mejor que nada. Pero tu archienemigo coge el paquete y se va sin tomar precauciones. Al parecer ni siquiera te considera una amenaza.

En la cueva te subes por las paredes. Tienes que matar a ese escombro, ganarte su confianza y cuando menos se lo espere degollarlo. No sabes si podrás soportar su presencia tanto tiempo. Sientes la tensión en cada uno de tus músculos y, como si un rayo te atravesase, te rompes. Te cuesta respirar, tu pecho convulsiona y pronto las lágrimas cubren tu rostro. Cuando pasa la tormenta estás hecha un ovillo en el suelo. Llegas a la única conclusión posible, recoges tus pocas pertenencias y te preparas para el exilio. Esta vez te alejarás de verdad, hacia el sur.


La reverberación de un disparo al oeste te arranca de tus reflexiones. Te encoges por un momento. Echas mano al cuchillo, das un par de vueltas por la cueva y, tras dudar, echas a correr en dirección al disparo. Ya más cerca, reduces el paso y observas. El desgraciado está ahí, con un arma en la mano, inmóvil. Tardas un momento en entender lo que está pasando. Tu primer enfrentamiento con un oso había sido similar, pero por aquel entonces había gente dispuesta a ayudarte. Tu mirada va del hombre al oso y de vuelta al hombre. No tiene ninguna oportunidad. Había disparado al aire, para tratar de asustar al animal, pero hace tiempo que olvidaron el miedo a las personas. Valoras la opción de dar la vuelta y dejar que el oso cumpla tu venganza. Una punzada en tu estómago te hace llevar la mano al bolsillo y, tras unos movimientos hábiles, prendes una llama delante de ti. Tras un par de soplidos el humo asciende al cielo y ves el hocico que se arruga. Los dos metros de altura caen a cuatro patas y empiezan a alejarse.

Te das la vuelta para volver. Jon te sigue, en silencio
Habrá muchos silencios, antes de empezar a hablar.

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