¿Qué sitio extraño es ese al que has ido a parar? Tienes miedo. De hecho, estás aterrada. Los extraños de blanco se agolpan a tu alrededor para hacerte cosas raras. Ponte el termómetro bajo la axila, déjame que te limpie la herida, qué ha pasado, qué has visto… Ni siquiera se ponen de acuerdo para hablar y ahora tienes una lista interminable de preguntas que resolver. Y frío, tienes mucho frío en ese lugar.

Quieres volver a casa. Díselo. Diles que no quieres verlos.

Y aunque aquel sitio de baldosas blancas y tubos fluorescentes te pone los pelos de punta, ellos parecen preocupados por ti. Tal vez los únicos que quedan ahora para preocuparse por ti. Se te escapa una lágrima que hace que te escueza el arañazo de la mejilla. Una enfermera se apresura a presionarte la zona magullada con una gasa.

—¡La capa no! —dices con voz chillona cuando uno de los médicos intenta quitarte el chal rojo que llevas.

—Tengo que verte todas las heridas, pequeña —replica para justificarse.

Tú, como respuesta, te agarras más fuerte a la capa con capucha y niegas con la cabeza varias veces, con los movimientos acelerados de una ardilla asustada. Mamá te había hecho la caperuza roja a mano. Se enfadaría mucho si la perdías, con todo lo que le había costado. Echas de menos a mamá. Ojalá estuviese allí ahora mismo para abrazarte.

No te olvides de la abuela. Se pondrá triste como no encuentres un regalo que llevarla.

—Tengo que darle algo a mi abuela —le dices a los médicos.

Con un poco de suerte, se darán cuenta de que has perdido tu cesta y las cosas que había dentro. Tal vez ellos te ayuden a encontrar el regalo perfecto.

No te fíes de ellos, te mentirán. No quieren ayudarte a encontrar un regalo.

—Cielo… —Una de las mujeres se agacha para que sus ojos y los tuyos queden a la misma altura—. Tu abuelita ya no está.

¿Lo ves? Mienten.

En realidad no quieres hacer caso a esa vocecilla cruel que te habla en susurros. Los doctores se están esforzando mucho en limpiarte la sangre y coserte las heridas. Con ellos te sientes a salvo, por primera vez en mucho tiempo, y sabes que ese lobo horrible no volverá a acercarse con los médicos cerca. Estás segura de que puedes hacerles entender lo que estás pasando. Son buenos, te dices.

—Pero ella está bien. —Te aferras a esa esperanza—. Había un lobo que quería comérsela. Se había disfrazado de ella, pero yo lo maté. Tengo que verla.

Los médicos intercambian una mirada rápida. No hubieses acabado en este lío si no hubieses hecho caso al lobo, que te hizo coger el camino largo. ¿Acaso no has aprendido nada? No te fíes de los extraños.

Uno de los doctores se ha apartado a una esquina para hablar con una mujer rubia. Hablan de ti, pero no quieren que escuches. Tú, de todas formas, logras captar algo.

—…pero cree que era un lobo el que se había disfrazado de su abuela. Ella la ha matado, Olive, aunque no nos hará caso, por mucho que se lo digamos.

—Esquizofrenia, sin duda. Iré a notificar a Brown.

Esa palabra suena mal. No sabes lo que es, pero te lo puedes imaginar por el sitio al que has ido a parar.

La versión que ellos cuentan no es la que tú conoces. Los médicos no quieren ayudarte, van a hacerte daño.

Te encojes, asustada ante la urgencia de ese pensamiento. Tienes que huir. Todavía tienes tiempo para comprar unas galletas y llevárselas a la abuela. Estará muy asustada después del ataque del lobo. Se alegrará de ver que estás bien y de que le has traído dulces después de todo. Ella es la única que realmente se alegrará de verte. Los médicos mienten, o no quieres creerles. Estás segura de que la abuelita está bien.

Antes de que te des cuenta, la mujer rubia se sienta a tu lado y dice con voz amable:

—¿Alguna vez has escuchado una vocecita en tu cabeza que te hablaba solo a ti?

No la escuches. Piensa que estás loca. Conoces el cuento, sabes de sobra que eres la buena. Díselo, hazles entender.

—Quiero ver a mi abuelita…

—Está bien, cariño. —Te habla con condescendencia, no te toma en serio. En sus ojos solo eres una niña tonta. Pero sabes más que ellos. Sabes cómo debería acabar la historia, por mucho que se empeñen en enredarla—. Podrás verla cuando te tomes este caramelo.

Abre la palma y te enseña un caramelo redondo y blanco.

No lo tomes. Dejarás de oírme, te obligarán a abandonar este cuento mágico en el que vivimos. Si lo tomas pensarás que la abuelita ha muerto en vez de el lobo, y no es así.

—No… —dices sin saber muy bien a quién te diriges, a la enfermera o a la voz.

—Está bueno. Y después te daré chocolate.

—¡No!

La empujas con las piernas y su nuca rebota contra el suelo. La mujer no se vuelve a levantar, rodeándose poco a poco de un charco rojo como el de tu caperuza. Los otros enfermeros pronto te agarran de ambos brazos y te obligan a abrir la boca para meterte el caramelo a la fuerza.

Siempre fuiste la buena, Caperucita, no dejes que te hagan creer otra cosa.

Eso es lo último que escuchas antes de caer dormida.

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