Te quedaste de piedra al leer su nombre. No era posible. Tenía que tocarte él. En ese momento comenzaste a odiar y maldecir el tradicional y famoso “amigo invisible” en fiestas navideñas del trabajo, entre amigos o, como sucedía esta vez, en tu propia familia.

Tus ojos se clavaron de nuevo en la pantalla del móvil para leer aquel nombre que había salido del invento de Google para hacer el sorteo y decidir, automáticamente, quién regala a quién. Algo de profeta tuviste al pensar, mientras apretabas el botón de “mostrar el resultado”, su nombre junto a la promesa de: “por favor, cualquiera menos él”. Pero así fue, él te tocó en el sorteo y ahora mismo no dejas de pensar en el regalo que harás a tu hermano mayor, Alejandro. Él y no cualquier otro entre hermanos, primos, cuñados, tíos o padres. Tenía que ser él, Aejandro.

“¿Qué tipo de regalo esperará?”, te preguntas en la mañana después de que cayera el jarro de agua fría en tu cabeza. Mientras desayunas, en la balanza pones de un lado la corrección. Un producto neutro servirá para seguir vuestra relación fría y cínica que lleváis desde que te hirió donde más te duele, en la confianza. En el otro lado de la balanza, optas por hacer realidad la frase inspiradora que todos los gurús de la comunicación lanzan al menos una vez al mes en sus redes sociales: “una crisis es una oportunidad”. A lo mejor podrías darle en la fibra sensible, donde más le duele, para que reaccione de una vez por lo que hizo.

Tienes exactamente dos semanas para la entrega de regalos. Quince días para Navidad. En el minuto en el que tu primita envió el correo electrónico con la invitación al sorteo, comenzó el adviento más agobiante de tu vida. La ilusión por regalar y hacer feliz a los demás se ha convertido en una angustia por encontrar el regalo perfecto que mantenga la calma aparente que decidiste vivir con Alejandro desde hace dos años. Menos mal, que el trato distante es mutuo y no te sientes culpable por fingir cada vez que lo ves, pues al mirarlo descubres que él disimula tan bien como tú.

Menos mal que es viernes y tendrás el fin de semana para que pase el bloqueo mental que tienes y hallar la mejor solución. Ahora vas a trabajar hasta las ocho de la noche sin parar, así que la cabeza la tendrás ocupada en otra cosa. En el caso de que se te ocurra el regalo ideal para equilibrar tu balanza, lo apuntarás en la típica nota de asuntos pendientes que tienes en el teléfono. Al menos, este problemón acaba de bajar al nivel de tareas cotidianas, junto con la lista de compra del supermercado de mañana por la mañana, y no te has decidido a crear una nueva solo para resolver el enigma del regalo perfecto que le harás a Alejandro.

En el grupo de la familia de Whatsapp que se ha creado ex profeso para lanzar sugerencias para el amigo invisible no hay rastro de mensajes del hermano primogénito. Te has pasado la tarde del sábado sacrificando la siesta explorando ese grupo para encontrar alguna pista que te ayude. Es verdad que si le compras algo que ha pedido sería lo más fácil: entras en internet, lo buscas, lo compras, te lo llevan a casa, lo envuelves y se lo pones debajo del árbol de Navidad. Trabajo limpio, sin huellas y sin líos. Lo que quieres. Pero el tío no se ha dignado a proponer ni un mísero libro. En fin, la verdad es que tú tampoco has puesto nada en el grupo. En ese momento te viene a la cabeza por primera vez que alguien será tu amigo invisible y debe estar pensando exactamente lo mismo de ti en este preciso instante.

Pensar en ti te ha ayudado a volver a hacerte ilusiones con la cena de Nochebuena y a desear pasar el rato en familia que tanto disfrutas cada año. Así has podido llegar a la conclusión de que se lo pondrás fácil a tu amigo invisible y, de paso, le crearás una encerrona a tu víctima porque, después de la investigación que has realizado, te has dado cuenta de que solo quedáis los dos para escribir sugerencias en el grupo. Como la mayoría ha decidido pedir regalos bastante fáciles de adquirir, como colonias, libros, complementos informáticos o de ropa, en el caso de las mujeres, no vas a ser menos,... ni más. Hace tiempo que necesitas comprar unos nuevos auriculares inalámbricos o el último libro de Joël Dicker, así que pondrás las dos opciones para darte un margen de sorpresa a ti mismo.

Ya han pasado dos días y Alejandro no da señales de vida en el chat. Ni la primita organizadora del evento ha reclamado respuesta, ni tampoco lo ha hecho tu madre, que siempre intercede por la paz familiar. ¡Ya está! no hay nada como acudir a una madre en caso de desesperación. Ella te dirá qué hacer con el regalo de Alejandro. Al llamarla recuerdas la última conversación que tuviste con tu madre sobre el tema. “Todo el mundo necesita una segunda oportunidad, cariño. Se equivocó, ya reaccionará. Pero no seas tan antipático con él”. Eso fue lo que te dijo tu madre después de descubrir que te había estado engañando durante un año. Y le has hecho caso durante todo este tiempo. No has sido antipático, pero tampoco les has dirigido la palabra.

Acabas de colgar el teléfono y te has quedado literalmente hecho polvo. No te esperabas semejante historia. Desgraciadamente la historia es real. Tu madre te ha contado que Alejandro lleva días sin dar señales de vida porque está hundido. Ha perdido todo el dinero que invirtió en aquel negocio, en que utilizó su dinero y el tuyo, sin que lo supieras. Se arriesgó demasiado y se ha quedado sin clientes, sin prestigio y en la calle. Era la ilusión de su vida, por lo que había soñado desde que estaba en la universidad. Ahora dice que es un fracasado. Tu madre te ha dicho que su mujer e hijos se van a enterar hoy de la noticia. Hasta el momento solo lo saben tus padres. Antes de despedirte, tu madre solo te ha dado un consejo: “acuérdate que sois hermanos, para lo bueno y para lo malo. Quizá el mejor regalo que puedes hacerle eres tú mismo, sin rencores”.

Falta una semana para Navidad. Sin duda, estas fiestas serán distintas. Alejandro ya se ha apuntado a las listas del paro pero no levanta cabeza. Su esposa se ha puesto a buscar trabajo a tiempo completo para intentar sacar adelante a la familia. Y tú sigues siendo el amigo invisible de Alejandro y no has comprado nada. Sin embargo, estos días le has dado muchas vueltas al consejo de tu madre.

Hoy vuelve a ser viernes. Como director de la pequeña empresa, te has dado la tarde libre. “Una vez al año no hace daño”, te has asegurado a ti mismo. Pero esa tarde no era para ti, era para otro. Has llamado a Alejandro, lo has recogido de casa con tu coche y te lo has llevado al bar donde os emborrachasteis por primera vez cuando erais adolescentes. Después de dos horas, él te ha pedido perdón por lo que hizo. Te ha contado todo. Tú solo has escuchado mientras seguías bebiendo cerveza. Al terminar, un abrazo entre hermanos ha puesto punto y final a la discordia. “Este, sin duda, ha sido el mejor regalo. Y con adelanto”, le has dicho a Alejandro descubriendo tu identidad de amigo invisible.












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